La sociedad de consumo y los imperativos culturales actuales nos llevan a pensarnos constantemente en un estado de borrador, a la mitad de todo, en proceso hacia una satisfacción ideal que nunca termina de llegar.
Nos convencemos de que todavía no es tiempo de sentirnos plenos. Nos repetimos que aún nos queda mucho por hacer, dinero y bienes por conquistar, viajes por realizar, o metas profesionales y sociales por alcanzar.
Vivimos en una época con cifras alarmantes en los diagnósticos asociados a la ansiedad y la depresión.
Si analizamos estos cuadros clínicos en relación con el paso del tiempo y los ciclos vitales, nos encontramos con dos posturas dominantes: quienes solo pueden mirar hacia lo que ya pasó y quienes solo pueden fijar la vista en lo que aún no sucedió. En la consulta terapéutica, lo que más resuena es la preocupación permanente y el afán por el futuro, la falta de proyección que muchas personas perciben o la añoranza de lo perdido.
De ambas formas nos salteamos el presente; esquivamos el hoy, que es el único terreno real de contacto con la vida y con todo lo que nos propone a nivel emocional.
¿Y si la “solución” no está en lo que promete llegar como salvación futura? ¿Y si la clave para responder a los desafíos actuales está en aprender a habitar el escenario presente?
No todas las batallas requieren de nuestra energía, no todo lo que parece urgente realmente lo es.
La propuesta de los enfoques contextuales: Aceptar no es rendirse
Desde las terapias de tercera ola, como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), se aborda este nudo del conflicto humano a través del concepto de aceptación.
Es profundamente humano entrar en conflicto y darle batalla a todo lo que nos parece injusto, incómodo o incorrecto. Sin embargo, cabe preguntarnos: aquello que se escapa por completo de nuestro control, ¿realmente requiere nuestra energía?
Hay una premisa clave detrás de este modelo: la sustentabilidad de nuestro sistema nervioso. Cada vez que nos llenamos de preocupaciones por eventos que están inevitablemente fuera de nuestra capacidad de cambio, desperdiciamos recursos cognitivos y biológicos de altísimo valor.
Esta lucha constante contra lo inevitable mantiene a nuestro organismo en un estado de alerta prolongado, desgastando directamente nuestro bienestar psicológico y emocional.
Si a esto sumamos la inmediatez con la que nos vemos llevados a reaccionar y responder, la inmediatez que nos hace tomar decisiones y posturas rápidamente, sin poder procesar la información desde una mirada crítica y compleja. Así es como todo parece urgente, todo parece importante y nos llenamos de preocupaciones que no podemos sostener a largo plazo.
La aceptación, lejos de ser una invitación a la resignación o a la pasividad de “olvidarse de todo”, nos convoca desde un rol profundamente activo. Aceptar no es alinearse con lo que duele o estar de acuerdo con la realidad; es dejar de gastar fuerzas peleando contra lo que ya es, para recuperar la soberanía sobre lo que sí podemos hacer aquí y ahora.
Quisiera invitar al lector hacia la reflexión con estas preguntas: ¿Es posible tolerar aquello que hoy no puedo cambiar? ¿Desde qué lugar puedo usar mi energía vital para no pelear con la realidad?













