Obesidad: la ciencia cambia las reglas del juego

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Dr. Mario F. Bruno
Dr. Mario F. Bruno
Presidente de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico; Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Cancerología; Presidente del Comité de Cuidados Paliativo de AMA (Asociación Médica Argentina); Presidente del Comité AntiTabaco de AMA Vicepresidente de UATA (Unión Antitabáquica Argentina); Director de los cursos anuales de 1) Periodismo Médico 2) Cancerología, 3) Cuidados Paliativos (AMA); Miembro Emérito de ASCO (American Society Clinical Oncology); Miembro Titular de ESMO (European Society Clinical Oncology); Director Médico de Medicron S.A. (Centro Oncológico)

La obesidad se ha convertido en uno de los mayores desafíos sanitarios del siglo XXI. Lejos de ser un simple problema estético, hoy sabemos que constituye una enfermedad crónica, compleja y multifactorial que afecta la salud física, emocional y social de millones de personas.

En nuestro país, al igual que en el resto del planeta, representa una de las principales causas de enfermedad y muerte prematura. Durante muchos años se creyó que bajar de peso dependía exclusivamente de la fuerza de voluntad. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que esta idea es incorrecta. La obesidad está determinada por una compleja interacción entre factores genéticos, hormonales, metabólicos, psicológicos, ambientales y sociales. Comer más y moverse menos es apenas una parte de una realidad mucho más compleja. El exceso de peso incrementa el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares, apnea del sueño, hígado graso, artrosis y numerosos tipos de cáncer, entre ellos el cáncer de mama después de la menopausia, colon, endometrio, riñón, hígado, esófago y páncreas.

La Organización Mundial de la Salud considera a la obesidad uno de los principales factores de riesgo prevenibles para múltiples enfermedades crónicas. A pesar de ello, quienes viven con obesidad suelen enfrentar prejuicios y discriminación. Con frecuencia son responsabilizados por su enfermedad, cuando en realidad se trata de una condición médica que requiere un abordaje integral y sostenido. El estigma no solo afecta la autoestima, sino que también retrasa la consulta médica y dificulta el tratamiento. El primer paso para bajar de peso consiste en comprender que no existen soluciones mágicas. Las dietas extremadamente restrictivas pueden producir una rápida pérdida de peso, pero en la mayoría de los casos resultan difíciles de mantener y favorecen el conocido “efecto rebote”. El objetivo no debe ser perder muchos kilos en pocas semanas, sino lograr cambios que puedan sostenerse durante toda la vida. Una alimentación saludable continúa siendo el pilar fundamental. Esto implica aumentar el consumo de frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y proteínas de buena calidad, reducir los alimentos ultraprocesados y las bebidas azucaradas, controlar el tamaño de las porciones y evitar el consumo impulsivo asociado al estrés o la ansiedad. No existe una dieta única que sirva para todas las personas; el mejor plan alimentario es aquel que puede mantenerse en el tiempo.

La actividad física constituye otro componente indispensable. No se trata únicamente de hacer ejercicio para bajar de peso. Caminar, andar en bicicleta, nadar, bailar o realizar ejercicios de fuerza mejora el metabolismo, ayuda a preservar la masa muscular, disminuye el riesgo cardiovascular y favorece el bienestar psicológico. Incluso pérdidas moderadas de peso, acompañadas de actividad física regular, producen importantes beneficios para la salud. Dormir adecuadamente también influye sobre el peso corporal. Diversos estudios muestran que dormir pocas horas altera las hormonas que regulan el apetito, favoreciendo una mayor sensación de hambre y un aumento del consumo de alimentos ricos en calorías. Del mismo modo, el estrés crónico modifica mecanismos hormonales que dificultan el descenso de peso. En los últimos años aparecieron medicamentos que han cambiado significativamente el tratamiento de la obesidad. Fármacos como la semaglutida y la tirzepatida actúan sobre mecanismos hormonales que regulan el apetito, aumentan la sensación de saciedad y reducen la ingesta de alimentos. Los estudios clínicos muestran pérdidas de peso que, en muchos pacientes, superan ampliamente las obtenidas con tratamientos farmacológicos anteriores. Sin embargo, estos medicamentos no representan una solución milagrosa. Deben ser indicados por profesionales capacitados, acompañarse de cambios en el estilo de vida y mantenerse bajo estricta supervisión médica. Además, no todas las personas son candidatas para recibirlos y, como cualquier tratamiento, pueden producir efectos adversos. Es importante comprender que el éxito del tratamiento no depende exclusivamente de la cantidad de kilos perdidos. En muchas ocasiones, una reducción del 5 al 10 % del peso corporal ya produce importantes mejoras en la presión arterial, la glucemia, los niveles de colesterol y el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares. La salud debe ser el principal objetivo, más allá de los números que muestra la balanza.

Bajar de peso no significa perseguir un ideal estético impuesto por la sociedad. Significa reducir el riesgo de enfermedades, mejorar la calidad de vida, recuperar movilidad, aumentar la expectativa de vida y sentirse mejor física y emocionalmente. Entender la obesidad como una enfermedad, y no como una falta de voluntad, es el primer paso para enfrentarla con éxito y ofrecer a millones de personas una oportunidad real de vivir más tiempo y con mejor calidad.

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