Exponernos a situaciones que nos desafíen y nos frustren no es un riesgo innecesario, sino un ejercicio fundamental para nuestro sistema psicológico y, en consecuencia, para la salud de nuestro cerebro. La trampa de evitar cambios por miedo al fracaso solo retroalimenta la falta de autoestima y dispersa nuestro foco atencional.
¿Y si sale mal?
El concepto de “fracaso” arrastra una carga de humillación y vergüenza que no le corresponde. En realidad, fracasar es simplemente una etapa del aprendizaje y la perseverancia. Desde que somos niños, nuestra naturaleza es equivocarnos, ajustar expectativas frente a la realidad y desarrollar nuevas herramientas.
Sin embargo, al crecer, olvidamos que la curiosidad y la seguridad son los motores de nuestro desarrollo.
Así como a un niño se lo estimula para que pueda explorar el mundo con confianza y seguridad, nosotros los adultos contamos con la neuroplasticidad, esta posibilidad que la biología nos regala para mantener esa parte lúdica del niño que fuimos y conservar dinamismo en nuestra vida, aprendiendo cosas nuevas y permitiendo que estas nos vuelvan maleables. Lo que muchas veces bloquea esta plasticidad es el condicionamiento cultural, la búsqueda de aprobación del entorno, el miedo a que otros piensen que somos algo que no queremos parecer.
Aprender algo nuevo requiere una mirada ávida, pero también implica entrar en contacto con emociones incómodas y displacenteras. Nuestra capacidad de crecimiento, entonces, depende directamente de nuestras herramientas de tolerancia a la frustración. Mucho de lo que nos angustia no es el error en sí, sino el peso que le atribuimos a la mirada ajena.
Si lo vemos desde otro punto de vista, cuanto más rápido nos levantemos y volvamos a empezar, entonces más oportunidades tendremos de volver a intentarlo. El tiempo de recuperación y resiliencia es clave y está directamente asociado a la tolerancia que generamos con respecto al aprendizaje.
La neurobiología del cambio
Buscar una vida libre de angustia a cualquier precio nos encierra en una búsqueda constante de dopamina rápida, lo cual, irónicamente, nos anestesia. Si evitamos situaciones nuevas para no “sufrir”, mantenemos el cerebro funcionando con las mismas luces de siempre, esto trae como consecuencia un sedentarismo neuronal que termina generando estancamiento y malestar.
Desde las neurociencias sabemos que nuestro cerebro necesita explorar caminos diversos. Ante algo nuevo, nuestras neuronas deben trabajar en conjunto, focalizándose y configurándose. Es como ampliar nuestro repertorio musical. Cada nueva habilidad o desafío cambia las frecuencias y ritmos de nuestro cerebro, manteniéndolo plástico y activo.
Estamos hechos para adaptarnos. Frente a un entorno cambiante, la mejor estrategia no es la resistencia, sino la evolución. En un entorno que nos pide perfección, aprender a equivocarnos es nuestro acto más creativo y vital.
Le pregunto al lector: ¿Qué es eso que hace tiempo deseas intentar pero postergás por miedo a que salga mal?













