El autor es presidente de Odema (Organización de Entidades Mutuales de las Américas) y de la (UMM) Unión Mundial de la Mutualidad
Las diversas realidades sociales existentes en las distintas regiones del mundo y en nuestro país ofrecen niveles de desigualad, pobreza y exclusión con indicadores francamente dramáticos. Estas condiciones se han visto profundamente agravadas por los efectos de la pandemia a causa del COVID19, extremo que ha impulsado al mutualismo a experimentar un proceso de intensa transformación para contribuir en la atenuación y superación de las consecuencias de la crisis sanitaria, económica y social.
Con profundo sentido mutualista, en todos los países, en mayor o menor grado, el Sistema ha respondido satisfactoriamente, actuando de manera articulada con los respectivos Estados, exhibiendo el potencial de sus servicios sociales, fundamentalmente en lo atinente a la contención de las familias asociadas mediante un permanente acercamiento, sumamente necesario en momentos de tanta angustia, y ante el enorme temor generado por la situación que continúa aquejando a todo el mundo.
Los tiempos de incertidumbre que hemos vivido, y que aún persisten, han puesto de manifiesto una contante muestra de protección y ayuda mutua.
La pandemia aceleró la transición a la era de la digitalización y expuso nuevas formas de desigualdad social
Afrontar la realidad de una tragedia impiadosa de carácter universal, exige, sin duda, un gran sentido de responsabilidad y, esencialmente, de una fuerte vocación de servicio, tal cual es la característica principal del mutualismo organizado. La estructura institucional del sistema mutual encuentra su base fundamental en el principio “solidario”, siendo esta virtud su principal fortaleza, la cual se ve potenciada cuando las comunidades se enfrentan a los mayores desafíos, reaccionando invariablemente, con todos sus recursos asistenciales, ante cualquier infortunio que afecte al ser humano, razón de ser de su existencia, varias veces centenaria.
Las entidades mutuales, tanto en América como en Europa, África y Oriente Medio -podemos dar fe a través de la información acumulada en la Unión Mundial de la Mutualidad (UMM)- asumieron desde el primer día una actitud fuertemente proactiva, ofreciendo sus servicios y beneficios sociales, fortalecidos por los principios que distinguen al sistema solidario por excelencia.
No hay dudas que la pandemia aceleró la transición a la era de la digitalización y, al mismo tiempo, expuso nuevas formas de desigualdad social. El desafío para el mutualismo global en el futuro, más o menos inmediato, radica en una imperiosa renovación y modernización de las estructuras de trabajo, conjuntamente con las aptitudes y conocimientos de quienes las lleven a la práctica, puesto que, es consenso general, que esa nueva normalidad es inevitable y necesaria para la recuperación del desgarramiento del tejido socioeconómico.
El desafío del mutualismo radica en renovar y modernizar las estructuras de trabajo
En esa tarea, nos espera un camino lleno de retos y de posibilidades; y en ese camino, el mutualismo, como tantas veces lo ha hecho a lo largo de su historia, logrará emerger fortalecido y enriquecido, nutriéndose de las experiencias que irá acumulando al transitar el doloroso proceso que deberá recorrer en la búsqueda de la superación de este trance inédito. La exploración de las acciones que deberán llevarse a cabo para la recuperación de las secuelas que dejará la pandemia será una oportunidad para robustecer los principios fundamentales de solidaridad y el apoyo mutuo.
El mundo ha cambiado definitivamente; si logramos capitalizar y atesorar las enseñanzas de esa transformación, adaptándonos a los vertiginosos cambios, el mutualismo seguirá representando una invaluable reserva de recursos de protección e inclusión social, siendo éstos los rasgos distintivos que lo han identificado, como un modelo eficaz para paliar las necesidades de los seres humanos.















