Salud mental: la epidemia silenciosa de la vida

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Dr. Mario F. Bruno
Dr. Mario F. Bruno
Presidente de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico; Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Cancerología; Presidente del Comité de Cuidados Paliativo de AMA (Asociación Médica Argentina); Presidente del Comité AntiTabaco de AMA Vicepresidente de UATA (Unión Antitabáquica Argentina); Director de los cursos anuales de 1) Periodismo Médico 2) Cancerología, 3) Cuidados Paliativos (AMA); Miembro Emérito de ASCO (American Society Clinical Oncology); Miembro Titular de ESMO (European Society Clinical Oncology); Director Médico de Medicron S.A. (Centro Oncológico)

Hay enfermedades que se anuncian con fiebre, dolor o una alteración visible en un estudio. La salud mental, en cambio, muchas veces se desarrolla en silencio. Una persona puede continuar trabajando, estudiando, cuidando a sus hijos y cumpliendo con sus obligaciones mientras atraviesa un profundo sufrimiento. Sonríe, conversa, responde mensajes y parece llevar una vida normal. Pero puede estar librando por dentro una batalla que casi nadie conoce. La salud mental se ha convertido en uno de los grandes desafíos sanitarios de nuestro tiempo.

Los problemas de ansiedad y depresión se encuentran entre los más frecuentes. Puede afectar a niños, adolescentes, adultos y personas mayores. Afecta cualquier nivel social y económico, y puede presentarse incluso en personas que aparentemente tienen una vida estable. Hablar de salud mental no significa afirmar que toda tristeza es una enfermedad. Todos atravesamos momentos de angustia, preocupación, miedo, enojo o tristeza. La vida tiene pérdidas, dificultades, frustraciones y situaciones que inevitablemente producen sufrimiento. Sentirse mal ante una situación difícil es, muchas veces, una respuesta normal. El problema aparece cuando ese malestar se vuelve intenso, persistente o comienza a interferir con la vida cotidiana. Dormir mal durante un período prolongado, perder en forma persistente el interés por actividades que antes producían placer, aislarse, estar irritable, carecer de energía o tener una preocupación que resulta imposible de controlar, pueden ser señales de alarma. También son señales cuando estudiar, trabajar, relacionarse con otras personas o disfrutar de la vida se vuelve cada vez más difícil.

La salud mental de los adolescentes requiere una especial atención. Aunque la adolescencia siempre fue una etapa de cambios, dudas y conflictos, hoy esos cambios se producen en un mundo atravesado por las redes sociales, la hiperconectividad, la presión por la imagen, el rendimiento escolar, la incertidumbre sobre el futuro y la necesidad permanente de pertenecer. Si bien el teléfono celular puede ser una herramienta extraordinaria, también puede convertirse en una fuente permanente de comparación, exposición y presión. La vida de los demás aparece en una pantalla como una sucesión de éxitos, viajes, cuerpos perfectos y momentos felices. El adolescente puede terminar comparando su vida real con una versión cuidadosamente seleccionada de la vida ajena. A esto se suman nuevas formas de adicción. Las apuestas online constituyen un ejemplo preocupante, particularmente entre jóvenes. La posibilidad de apostar desde un teléfono, en cualquier momento y desde cualquier lugar, modifica radicalmente el escenario conocido durante generaciones anteriores. También preocupa el consumo cada vez más alto de alcohol y otras sustancias. En muchos casos, una persona comienza buscando aliviar ansiedad, tristeza, soledad o estrés. El problema es que aquello que inicialmente parece una solución suele terminar agravando el sufrimiento que pretendía aliviar.

En el otro extremo de la vida, los adultos mayores presentan otro desafío. La jubilación, la pérdida de seres queridos, la disminución de la autonomía, las enfermedades crónicas y la soledad pueden afectar profundamente el bienestar emocional. Además de lo expresado, las condiciones de vida están íntimamente relacionadas con la salud mental. La pobreza, la violencia, la discriminación, la pérdida de empleo, la soledad y la inseguridad pueden aumentar la vulnerabilidad. No significa que todas las personas sometidas a dificultades desarrollarán una enfermedad mental. La mayoría posee recursos de adaptación y resiliencia. Pero las circunstancias sociales pueden influir profundamente sobre nuestro bienestar psicológico.

Existe una dimensión todavía más dolorosa: el suicidio. La OMS estima que en 2021 se produjeron alrededor de 727.000 muertes por suicidio en el mundo. Hablar de prevención significa tomar en serio las señales de sufrimiento, no minimizar las expresiones de desesperanza y buscar ayuda profesional cuando existe riesgo. Quizás la principal característica de esta “epidemia silenciosa” sea precisamente el silencio de quien sufre, de la familia que no sabe qué hacer y de la sociedad, que durante demasiado tiempo consideró estos problemas como asuntos privados. Romper ese silencio es una responsabilidad colectiva. Hablar de salud mental no significa hablar solo de enfermedad. Significa hablar de vínculos, de educación, de trabajo, de familia, de comunidad y de calidad de vida. Significa comprender que pedir ayuda no nos hace menos fuertes, que nadie está obligado a atravesar solo una situación de sufrimiento, y que cuidar la mente es tan importante como cuidar el corazón, los pulmones o cualquier otro órgano.

Una persona que atraviesa una crisis no necesita sermones. Necesita ser escuchada, acompañada y protegida. Y necesita acceso oportuno a atención especializada.

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