Uno de los grandes interrogantes dentro de la inclusión escolar es la búsqueda del origen, la causa principal del malestar infantil. ¿Cómo serán estos niños en sus casas? ¿Qué dicen sus familias? ¿Cómo resuelven estas situaciones fuera de la escuela? ¿Cómo lo trabajan en terapia?
Cuando un niño requiere una Acompañante para la Inclusión Escolar (AIE), suele haber atravesado un proceso de psicodiagnóstico que determina una necesidad individual en su trayectoria escolar. Los motivos son múltiples: neurodivergencias, trastornos del lenguaje, del aprendizaje o de la conducta. Cada caso es único, así como cada aula presenta sus propios desafíos.
Sin embargo, desde el pensamiento sistémico en psicología, sabemos que lo que ocurre en el aula es solo una porción de la realidad. Cada niño lleva consigo su sistema de origen: su familia. El ámbito escolar y el familiar están más interconectados de lo que creemos. Al entrar al aula, el niño ya trae consigo una forma de vincularse con la autoridad, de buscar seguridad en sus cuidadores, dinámicas de premio-castigo y patrones de aprendizaje. Y aunque de la escuela vuelva con nueva información a casa, hay que ser honestos: lo que pasa en casa siempre termina prevaleciendo.
Para que un niño se disponga a aprender, necesita condiciones internas y externas favorables, entre ellas, la confianza y seguridad que le brindan los adultos. Aquí es donde comienzan los enredos.
A diferencia de los adultos, un niño no habita facetas del estilo “mañana escolar” y “tarde ejecutiva”. Es siempre un mismo niño, subjetivo y particular, que despliega en la escuela la misma dinámica que trae del hogar. Un niño no porta un síntoma, un diagnóstico o una conducta problema de manera aislada. Como decía mi abuela: los niños no salen de un repollo.
A menudo, lo que observamos en la escuela nos permite deducir lo que sucede en el hogar. Y al consultar a los padres, la respuesta suele confirmarlo: “En casa hace exactamente lo mismo”.
La pregunta incómoda pero necesaria es: ¿qué pasa en casa para que este niño necesite expresar su malestar de esta manera?
Cuando los adultos logramos correr al niño del centro de la tormenta y dejamos de verlo como el “problema”, entendemos su verdadero rol: es un catalizador, un portavoz de la dinámica familiar que manifiesta algo más complejo que ocurre de trasfondo. Recién ahí podemos empezar a intervenir a favor del sistema.
En el escenario ideal, el espacio de Orientación a Padres permite articular estrategias de crianza, pautas de regulación y comunicación fluida entre la familia y la escuela, tejiendo una red de sostén. Lamentablemente, no siempre ocurre. La falta de disposición para abrir estos canales o el temor a incomodar hacen que el niño continúe actuando su malestar ante nuestros ojos: un espectáculo que, muchas veces, no es visto por los espectadores correctos.
Lo que muestra un niño nunca es caprichoso ni aislado. Detrás de esa conducta hay una realidad, un desorden o la consecuencia de decisiones que los adultos aún no estamos sabiendo gestionar.
















