En los últimos días, las noticias sobre tragedias y fallecimientos en la población adolescente nos dejan una sensación profunda de tristeza e inquietud. No se trata solo del impacto de cada caso, sino de la recurrencia con la que aparecen, interpelándonos como sociedad.
Los jóvenes encarnan, de algún modo, aquello que está por venir. Por eso es que cuando las tragedias se vuelven frecuentes en esta etapa de la vida, no solo duele sino también despierta preguntas urgentes.
¿Qué está pasando con nuestros adolescentes?
¿Estamos frente a un malestar generalizado?
¿Qué lugar ocupamos los adultos en estas problemáticas?
Durante mucho tiempo creímos que cuidar a los adolescentes era, sobre todo, saber dónde estaban. Que el peligro estaba afuera, en la calle o en la noche. Hoy eso cambió.
Las pantallas también son territorio real
Las pantallas, lejos de ser un refugio, son también escenarios donde circula la violencia, la exposición y la soledad. Lo digital y lo presencial ya no pueden pensarse como mundos separados. Lo que sucede en redes, en chats o en juegos en línea tiene efectos concretos en la subjetividad de los jóvenes. El bullying, el grooming y distintas formas de abuso no ocurren únicamente “afuera”. Esto se gesta en espacios virtuales que forman parte de la vida diaria.
“Pensé que estaba a salvo, estaba en su cuarto jugando”, dice la madre del personaje principal en la serie Adolescencia. Esta frase condensa una idea que como adultos debemos cuestionar y es la asociación entre lo virtual, lo pasivo y lo seguro.
Hacia una mirada más atenta
Tal vez el desafío más urgente sea empezar a tomar en serio aquello que no siempre se ve. Reconocer que las experiencias virtuales tienen impacto emocional real, que los vínculos digitales también pueden herir, y que la soledad puede habitar incluso en entornos hiperconectados.
Como sociedad, necesitamos afinar la escucha, intervenir a tiempo y sostener a los adolescentes en un momento vital que es sensible y complejo.
El malestar no se presenta de manera ordenada. No llega en forma de relato claro ni en el momento justo. Aparece en gestos, en silencios, en cambios de humor, en repliegues que muchas veces se confunden con “cosas de la edad”. No alcanza con estar cerca físicamente. Hace falta la disponibilidad real y el interés genuino por ese mundo interno que muchas veces nos incomoda o desconcierta.
Buscar el diálogo no es esperar a que los adolescentes hablen. Debemos generarlo de manera activa, sosteniendo conversaciones incluso cuando parecen no llevar a ningún lado.
Quizás no podamos evitar todos los riesgos, pero si entender cuánto espacio estamos dando como adultos para que ese malestar exista y pueda ser expresado.















