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Una enfermedad subestimada que puede cambiar la calidad de vida

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Dr. Mario F. Bruno
Dr. Mario F. Bruno
Presidente de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico; Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Cancerología; Presidente del Comité de Cuidados Paliativo de AMA (Asociación Médica Argentina); Presidente del Comité AntiTabaco de AMA Vicepresidente de UATA (Unión Antitabáquica Argentina); Director de los cursos anuales de 1) Periodismo Médico 2) Cancerología, 3) Cuidados Paliativos (AMA); Miembro Emérito de ASCO (American Society Clinical Oncology); Miembro Titular de ESMO (European Society Clinical Oncology); Director Médico de Medicron S.A. (Centro Oncológico)

El herpes zóster, conocido popularmente como “culebrilla”, es una enfermedad infecciosa que en los últimos años cobró mayor relevancia sanitaria debido al envejecimiento poblacional y al aumento de personas con inmunosupresión. Aunque muchas veces se lo subestima como una erupción cutánea pasajera, puede generar dolor intenso, complicaciones severas y secuelas prolongadas que afectan seriamente la calidad de vida.

El herpes zóster es causado por la reactivación del mismo virus que provoca la varicela en la infancia. Tras superar ese cuadro, el virus no desaparece del organismo: permanece latente en  el tejido nervioso en las raíces dorsales, cerca de la columna vertebral o en los ganglios de los pares craneales durante años o décadas. Cuando las defensas disminuyen, puede reactivarse y dar lugar al herpes zóster.

La enfermedad suele comenzar con síntomas inespecíficos: malestar general, febrícula, cansancio y, sobre todo, dolor localizado en una zona del cuerpo. Este dolor puede describirse como ardor, quemazón, pinchazos u hormigueo. Entre 2 y 3 días después aparece una erupción con pequeñas vesículas agrupadas sobre una base rojiza. La característica distintiva es que se distribuyen siguiendo el trayecto de un nervio y afectan solo un lado del cuerpo. Las zonas más comprometidas son el tórax, el abdomen y la cara. Cuando afecta el nervio oftálmico, puede comprometer el ojo y generar complicaciones visuales importantes. El brote cutáneo suele durar entre 2 y 4 semanas. Sin embargo, el dolor puede persistir mucho más tiempo debido a que el virus destruye la vaina de mielina que protege al nervio. Cada nervio actúa como un cable que conduce electricidad, y el virus le quita la capa protectora que lo recubre. Mientras no se reconstruya la capa, pueden transcurrir varios meses, incluso años, persiste el dolor.

¿Por qué reaparece el virus? Con el paso de los años, el sistema inmune celular, encargado de controlar este virus, pierde eficacia. Este fenómeno, llamado “inmunosenescencia”, explica por qué el herpes zóster es más frecuente a partir de los 50 años. También pueden desencadenarlo: el estrés físico o emocional intenso, las enfermedades crónicas debilitantes, los tratamientos oncológicos, el uso prolongado de corticoides, los trasplantes de órganos por la ingesta de inmunosupresores, y la infección por VIH. Se calcula que una de cada tres personas desarrollará herpes zóster a lo largo de su vida.

La complicación más temida es la  neuralgia posherpética, que es el dolor neuropático que persiste más de 90 días después de que las lesiones cutáneas hayan desaparecido, lo que puede ser incapacitante. El simple roce de la ropa puede provocar dolor intenso. Afecta el sueño, el estado de ánimo y la autonomía personal. El tratamiento debe comenzarse lo antes posible. Los tratamientos se basan en antivirales específicos que deben iniciarse dentro de lo posible en las primeras 72 horas para reducir la intensidad y duración del cuadro. Además, se asocian analgésicos y  antiinflamatorios. A pesar del tratamiento, no siempre se logra prevenir la neuralgia posherpética. Por eso, la prevención mediante vacunación cobra especial importancia.

En la actualidad se dispone de una vacuna recombinante que ha demostrado una eficacia superior al 90% en la prevención del herpes zóster y sus complicaciones. Esta vacuna no contiene virus vivo, lo que mejora su perfil de seguridad en comparación con formulaciones más antiguas. Su eficacia se mantiene alta incluso en adultos mayores de 70 y 80 años. Además, reduce significativamente el riesgo de neuralgia postherpética; la vacuna se administra en dos dosis intramusculares, separadas por un intervalo de 2 a 6 meses. Puede aplicarse aunque la persona haya tenido herpes zóster previamente, ya que la enfermedad puede repetirse. Y no es necesario haber tenido varicela diagnosticada para vacunarse, ya que la mayoría de los adultos estuvo en contacto con el virus en la infancia.

Las recomendaciones internacionales sugieren la vacunación en: adultos de 50 años o más, personas mayores de 18 años con inmunodepresión o riesgo elevado, pacientes oncológicos o con enfermedades crónicas como diabetes o EPOC. Trabajos científicos recientes, todavía en el campo investigativo, provenientes de la Universidad del Sur de California (EEUU) sugieren, luego de una estudio observacional con 3800 adultos de más de 70 años, que la vacuna Aniherpetica podría ralentizar el envejecimiento biológico al reducir la inflamación y el daño celular. De confirmarse, la vacuna,  además de la prevención del invalidante dolor herpético, podría aportar un beneficio inesperado: ralentizar el envejecimiento neurológico. Como conclusión: existiendo la prevención, aprovecharla es una oportunidad que no debería perderse.

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