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Sobre la alfabetización

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Jorge Pedro Núñez
Jorge Pedro Núñez
Licenciado en Cooperativismo y Mutualismo (UNSE). Presidente del CGCyM (2018-2020). Conferencista, docente, investigador especialista en formulación de proyectos.

Según los datos del Censo 2022 Argentina es un país libre de analfabetismo: solamente el 1,9% de la población no sabe leer ni escribir. El porcentaje es auspicioso, aunque caben algunas reflexiones sobre la cuestión.

En primer lugar, ese porcentaje de la población equivale a unas 878.000 personas, con una leve preeminencia de varones sobre mujeres, y no hay datos de clasificación etaria. Si analizamos el hecho como el vaso medio lleno, seguramente la conclusión sería que es un dato auspicioso; pero también podemos ver la situación de esos miles de personas como el vaso medio vacío.

El mundo actual está dominado por estadísticas que nos brindan percepciones que rápidamente transformamos en asertos. Si es bajo, si es alto, eso es lo que importa, y olvidamos que lo que estamos observando es una representación que invisibiliza a personas, seres humanos.

Siempre recordaré una experiencia que me conmovió, ocurrida en una cooperativa de trabajo. Para el ingreso se requería que el aspirante a asociado leyera la solicitud en la que se establecían básicamente derechos y obligaciones, y firmara la conformidad. Muchos, lamentablemente, no pasaban esta prueba elemental: no sabían leer ni escribir. Incluso, a sabiendas de este requisito inicial, algunos concurrían con sus esposas, a las que les pedían que leyera en voz alta el texto de la solicitud. Con lo que la condición de analfabetismo se corroboraba en el acto.

En pleno siglo XXI se habla del “analfabetismo informático”, y se olvida que todavía hay personas a las que condiciones de vida muy particulares, seguramente, le impidieron acceder a la posibilidad de interpretar un cartel, el recorrido de un medio de transporte, el papel en mano que recibe en la calle, e infinidad de cosas más.

La ausencia de políticas activas para alcanzar el “déficit cero” en materia de alfabetización puede compensarse con campañas promovidas por las mutuales, como un servicio más, y como un acto excelso, enaltecedor, que haría de las mutuales que desarrollen programas para este propósito un ejemplo de solidaridad concreta, que las distinguiría en la comunidad a la que pertenecen.

Dos consideraciones finales: una, que las personas analfabetas adultas tratan de esconder esa condición, antes que procurarse el cambio; y otra, que en cada comunidad siempre habrá voluntarios dispuestos a constituirse en maestros ad hoc, de manera que la utilización de recursos de la entidad sería mínima, prácticamente inexistente.

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