Vivimos tiempos de hiperconexión y, paradójicamente, de anestesia. Son tantas las crisis simultáneas que se dan a nivel mundial, que corremos el riesgo de devorarlas a todas por igual, convirtiendo el dolor ajeno en ruido de fondo.
Sin embargo, lo que sucede hoy en Venezuela nos toca de cerca. No solo por la enorme comunidad que ya forma parte de nuestro día a día, sino por ese efecto de espejo que despierta una proyección recurrente y honesta: “podríamos ser nosotros”.
El desplazamiento forzado nos devuelve una familiaridad inevitable. Es justamente porque somos un pueblo que sabe de crisis y fracturas que podemos entender el dolor ajeno.
Entre los partidos y los festejos, entre los sufrimientos y las alegrías que debaten diariamente nuestra agenda nacional, cuesta no detenerse a pensar en los atributos que tenemos como sociedad y en cómo, a veces, damos por sentado lo esencial.
Naturalizamos la cotidianeidad, la seguridad física, el simple hecho de estar cerca de quienes amamos.
Hoy nos toca escuchar a vecinos, compañeros de trabajo o amigos que no saben dónde están sus familiares, que habitan la incertidumbre absoluta sobre el futuro de su país y cargan con la impotencia de no poder hacer nada por los suyos.
Oscilan entre el “deseo de poder hacer algo” y el alivio culposo de saberse a salvo. La certeza de que haber dejado su tierra fue, al final del día, la decisión más difícil pero acertada para su bienestar y seguridad.
Y ahí es donde nos miro a nosotros, los ciudadanos argentinos. Con nuestras propias batallas diarias, con esos puntos aparentemente irreconciliables que nos atan a conflictos crónicos. Esa misma intensidad que nos constituye como pueblo, a veces nos nubla la vista y nos hace olvidar que lo verdaderamente importante no suele coincidir con lo urgente.
No somos un país perfecto, ni ideal, ni resuelto. Pienso en cómo aún en la complejidad de nuestras propias crisis, tenemos una capacidad enorme de contención. Sabiendo que la palabra crea realidad en nuestra vida, pienso en el preámbulo de nuestra constitución y en como no nos habla de un patriotismo excluyente, sino de la generosidad y la abundancia que se nos ofrece … ¿será que estamos destinados a ser hogar también para otros?
“…y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”
Quizás nuestra tarea, en medio de tanta crisis global, sea recordar que la soberanía y la dignidad también se miden por la capacidad de seguir siendo un lugar seguro.













