La familia como sistema a construir ya no representa la importancia que tenía antes.
Aparte de ya no ser la meta social que las nuevas generaciones consideran importante, tampoco lo es para las generaciones que se encuentran siendo figuras parentales.
Si bien es cierto que las nuevas épocas nos llevan a la adaptabilidad y a pensar al niño desde un nuevo lugar, no podemos hacer de cuenta que solo dejándolo elegir y enseñándole a hacerlo, estamos haciendo suficiente. Hoy está siendo necesario un poco más, y en esa necesidad lo que se esconde es lo que no podemos comprar o adquirir desde el celular: autoridad y adultez.
Cuando pienso en los textos que estudié en la facultad sobre niñez y adolescencia, recuerdo ese primer pensamiento: esto es viejo, no va a poder adaptarse a lo que actualmente sucede. Y la sorpresa que me lleve al ver que un texto de 1971 estaba describiendo a la perfección al niño que yo conocía.
También me sucedió algo parecido cuando llegue a la fase de la adolescencia, cuando Winicott nos dice que el adolescente va a dejar de serlo, va a ser adulto y los padres van a saber que esa fase pasó, pero necesitan tolerar y sostener el proceso.
Pienso en Sócrates que ya sabía describir a la perfección la fase de la adolescencia
“Los jóvenes de hoy aman el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar.”
Ahora me pregunto, ¿qué sucede cuando el adulto se rehúsa a cumplir con ese rol?
Hemos confundido la horizontalidad con la ausencia de guía. Cuando los padres declinan su rol de autoridad para evitar el conflicto o el rechazo de sus hijos, no están siendo democráticos, están abdicando de su función biológica y protectora.
La crianza no es un ejercicio de validación emocional constante; es un entrenamiento para la realidad. Si un niño no aprende a tolerar el ‘no’ en el refugio del hogar, se convertirá en un adulto que exigirá que el mundo entero se doblegue a sus deseos. No estamos criando niños libres, estamos criando pequeños tiranos que el sistema terminará aplastando. Recordemos que la realidad, a diferencia de los padres, no negocia.
Cuando un padre le pide a un niño que decida algo para lo que su cerebro aún no está preparado, no le está dando libertad, le está transfiriendo una angustia que no le corresponde cargar. Por esto es que la falta de límites y autoridad lo que genera es desorganización psicológica, y habla de la inmadurez de los padres que es proyectada hacia el niño. El hijo, al verse sin el ‘techo’ de la autoridad adulta, queda a la intemperie frente a un mundo que no sabe interpretar.
Es importante comprender que la crianza nunca es un acto puramente privado, es un aporte a la configuración de lo público. Un hogar donde se sostiene la autoridad como un marco de cuidado, es un lugar seguro que nutre y no que concede de manera caprichosa.
Si queremos una sociedad capaz de colaborar, de tolerar la diferencia y de sostener el esfuerzo colectivo, debemos empezar por recuperar la valentía de poner límites hoy. La educación en casa es el primer entrenamiento para la vida en común y para que ese entrenamiento sea el reflejo del valor humano que aportamos al mundo.













