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La contaminación ambiental por las colillas de cigarrillos        

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Dr. Mario F. Bruno
Dr. Mario F. Bruno
Presidente de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico; Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Cancerología; Presidente del Comité de Cuidados Paliativo de AMA (Asociación Médica Argentina); Presidente del Comité AntiTabaco de AMA Vicepresidente de UATA (Unión Antitabáquica Argentina); Director de los cursos anuales de 1) Periodismo Médico 2) Cancerología, 3) Cuidados Paliativos (AMA); Miembro Emérito de ASCO (American Society Clinical Oncology); Miembro Titular de ESMO (European Society Clinical Oncology); Director Médico de Medicron S.A. (Centro Oncológico)

El Día Mundial Sin Tabaco, determinado por la OMS, se conmemoró en todo el mundo el 31 de mayo. Está destinado a informar al público acerca de los peligros que supone el consumo de tabaco, las prácticas comerciales de las empresas tabacaleras, y las acciones que todos podemos realizar para reivindicar nuestro derecho a la salud y a una vida sana, protegiendo a las futuras generaciones.

Este año el lema fue «El tabaco, una amenaza para nuestro medio ambiente». El impacto nocivo de la industria del tabaco sobre el medio ambiente es enorme y va en aumento. El tabaco mata a más de 8 millones de personas cada año y destruye nuestro medio ambiente, dañando aún más la salud humana, a través del cultivo, la producción, la distribución, el consumo y los desechos posteriores al consumo.

Hoy nos vamos a referir a la problemática de la contaminación por colillas de cigarrillos, que constituyen la mayor causa de basura en el mundo. Representan entre el 30 y 40% de todos los residuos recogidos cada año en la limpieza urbana y en la de las playas a escala internacional. Se estima que se desechan 4,5 trillones de colillas por año en todos los rincones del planeta. El primer problema se origina porque, en los últimos 50 años, todos los cigarrillos que se venden llevan filtro de acetato de celulosa, un derivado del petróleo que se utiliza para diluir y enfriar el humo inhalado por los fumadores y para atrapar parte del alquitrán que contienen los cigarrillos. Asimismo, poseen un componente fotodegradable pero no biodegradable, y aunque los rayos ultravioletas provenientes del sol pueden eventualmente romper el filtro en pequeñas piezas, en condiciones ideales del medio ambiente, la materia fuente nunca desaparece, y esencialmente se diluye en el agua y en el suelo.

De media, las colillas pierden un 37,8% de su masa inicial, tras dos años de degradación, y se considera que pueden tardar en descomponerse totalmente, entre 8 y 12 años. El problema fundamental radica en la toxicidad que acumulan. El filtro del cigarrillo está destinado para acumular los componentes del tabaco, incluidas las sustancias químicas más nocivas, que son liberadas en contacto con el agua. Por lo tanto, contienen todas las sustancias tóxicas concentradas en el filtro y pueden tardar hasta 25 años en degradarse. Es muy frecuente que los fumadores las arrojen al piso sin ningún reparo. La lluvia las arrastra a las alcantarillas y terminan en las fuentes de agua más cercanas, ríos, lagos y mares.

Según informa Ocean Conservancy, organización mundial originada en E.E.U.U. una sola colilla de cigarrillo puede contaminar hasta cincuenta litros de agua potable por la enorme cantidad de sustancias que la componen, como la nicotina, el alquitrán, el arsénico, el plomo y los hidrocarburos poli aromáticos. Una vez que se desintegran, se convierten en micro partículas, que se esparcen rápidamente en el suelo o en el agua, confundiendo a los peces y a los mamíferos marinos que las comen como si fuesen alimento, alterando su ciclo biológico y provocando en muchos casos su muerte.

La Universidad Nacional de la Pcia. de San Luis estudió las colillas de diez diferentes marcas de cigarrillos en venta en nuestro país, elaboradas con tabaco rubio, negro, mentolado y light, y concluyó que los filtros, al igual que el humo, contienen alta concentración de cadmio, metal tóxico, dañino para la salud y el medio ambiente. Los filtros están compuestos por más de 15 000 fibras de acetato de celulosa, que es un polímero sintético obtenido de la celulosa. Sirven para disminuir el daño en el fumador, filtrando parte de los elementos nocivos de los cigarrillos. Así se transforma en un residuo que debería ser catalogado como peligroso, dañino para el ser humano y para el medio ambiente. Cuando las colillas son arrojadas a la calle, la lluvia y el viento las transportarán a un medio acuático, (a un río, al lago, a un pantano, o al mar), y allí, el filtro se hincha y se desprenden miles de fibras con longitud menor a los 5 mm, llamadas microfibras. Estas son especialmente peligrosas en dos aspectos: porque transportan los compuestos nocivos atrapados al consumir los cigarrillos; y además, al ser tan pequeñas, pueden ser ingeridas por todo tipo de organismos, desde zooplancton hasta ballenas. Las microfibras pueden viajar largas distancias por el aire o por el agua hasta alcanzar áreas alejadas de asentamientos urbanos, tales como montañas o regiones del Ártico.

Finalmente, pueden llegar a nuestros alimentos y entrar en nuestro organismo. El segundo problema, lo constituye la contaminación por las microfibrillas en sí mismas, ya que son consideradas verdaderos microplásticos que, de esta forma, se incorporan al área de la segunda gran contaminación de las aguas, la de los plásticos. Las evidencias sugieren que las personas estamos consumiendo alrededor de 2.000 pequeñas piezas de plástico cada semana, aproximadamente 21 gramos al mes, poco más de 250 gramos al año. Frente a este problema, algunos países como Australia y Nueva Zelandia han instalado tienen papeleras específicas para colillas, mientras que algunas ciudades como Paris tienen multas específicas para quienes tiran las colillas en el piso. Es importantísimo tomar conciencia de esta contaminación hasta ahora invisible y trabajar intensamente en a) no tirar e impedir que otros tiren colillas al suelo, b) que las autoridades planifiquen el reciclado de las colillas en convertir la ceniza y los residuos de tabaco en fertilizantes y abonos naturales para la agricultura; el papel que rodea al filtro en nuevo papel o cartón reciclado; y el filtro, en elementos plásticos de uso industrial como pallets, o de uso cotidiano como carcasas de bolígrafos o nuevos embalajes.

Ilustración: Matías Roffe

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