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Inflación (o la pesadilla de los argentinos)

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Jorge Pedro Núñez
Jorge Pedro Núñez
Licenciado en Cooperativismo y Mutualismo (UNSE). Presidente del CGCyM (2018-2020). Conferencista, docente, investigador especialista en formulación de proyectos.

Una de las mayores preocupaciones en los hogares argentinos es el de los precios, a la hora de adquirir los bienes de consumo que se necesitan diariamente para la subsistencia familiar. Esa preocupación es legítima, y a la vez intangible, porque no es fácil que aún haciendo un gran esfuerzo, se comprendan las razones de por qué los ingresos rinden menos durante un tiempo, hasta que -si se tiene la suerte de estar encuadrado en un convenio colectivo de trabajo- se logre un acercamiento entre la capacidad adquisitiva y el valor de los bienes en un momento determinado.

En distintos períodos de la historia económica de Argentina se produjeron acontecimientos que, pese a algunas diferencias instrumentales, tuvieron un problema como denominador común: la inflación. De allí que sea un concepto muy trabajado por cantidad de economistas, a los que, para ir introduciéndonos más en el tema del que queremos ocuparnos, podemos clasificarlos en dos grandes escuelas de sesgos ideológicos completamente opuestos: la ortodoxa y la heterodoxa.

Dentro de la primera, se destaca la concepción monetarista con su máximo exponente teórico, Milton Fridman. En concreto, su punto de partida es la de considerar que la inflación es un fenómeno estrictamente monetario, derivado de la emisión de moneda por un estado nacional. Empero, aún dentro de esta escuela algunos economistas han planteado sus críticas, considerando que la demanda de dinero, y, en consecuencia, su velocidad de circulación, no es estable; y también, que la cantidad de dinero no es determinada por los bancos centrales, sino por los actores económicos que la acomodan a la cantidad de transacciones y los precios que precisan realizar.

En definitiva, la teoría monetarista de la inflación predice que el incremento de la cantidad de dinero produce un aumento en el nivel general de los precios, y la solución que proponen es que haya un gobierno conservador que no aumente los gastos y el empleo, para, de esa manera, no emitir moneda en exceso.

Para la heterodoxia, con base en los teóricos John Maynard Keynes y Michal Kalecki, el eje principal es que los salarios y las jubilaciones crezcan por encima del aumento de la inflación, con lo cual se potenciaría el mercado interno, el crecimiento económico y la distribución progresiva del ingreso nacional con inclusión social. El enfoque que prevalece en este ámbito es el de que no hay una sola causa para la inflación, sino que los factores que la producen son multicausales, particularmente, por un problema de variaciones en los precios básicos, en los precios que determinan los costos de producción: salarios, tarifas y tipo de cambio. 

Tomando el período desde 1976 hasta el presente, los distintos gobiernos que pasaron (de facto o elegidos democráticamente) se adscribieron a una línea económica estrechamente asociada a los intereses que representaban mayoritariamente, con alguna particularidad, como la de Carlos Menem, votado por las bases populares, que confiaron en el eslogan “síganme, que no los voy a defraudar”, y cuya política económica fue primordialmente ortodoxa.

Para comprender, o al menos asomarnos a este concepto, hemos incursionado en el libro recientemente publicado por el economista argentino Andrés Asiain[1], en el que relata en una síntesis impecable los distintos momentos económicos al que hacíamos referencia antes, y desgrana algunos conceptos entre los que se destaca uno que es fundamental en su teorización: la inercia inflacionaria.

Asiain explica que la inflación requiere dos condiciones. La primera es que los aumentos de los precios sean generalizados y no puntuales. La segunda, que su incremento permanezca durante un período suficiente de tiempo. Luego, la introducción de la indexación de los contratos para disminuir la incertidumbre generada por las subas de los precios, generó un proceso que el autor define así: “La indexación genera que la inflación del pasado se proyecte hacia adelante, dando lugar a una inflación inercial. La inercia inflacionaria genera que una suba de precios provocada por algún impulso que se propaga en el tiempo pueda permanecer aun después que el impulso y los mecanismos propagadores agotaron su efecto”.

En su capítulo “La larga historia de la inflación en Argentina”, comienza diciendo que “La historia económica argentina indica que la inflación es la regla y la estabilidad de los precios la excepción”. No es así en la mayoría de los países, de todos los continentes, por lo cual concluimos que el nuestro tiene una historia muy particular, que debe analizarse cuidadosamente.

En la primera parte de su trabajo, Asiain enumera los siguientes acontecimientos económicos: de 1946 a 1974, la inflación durante la industrialización sustitutiva; de 1975 a 1991, del “Rodrigazo” a la hiperinflación; de 1991 a 2001, la convertibilidad; de 2001 en adelante, la inflación siglo XXI.

En la segunda parte, se plantea, ¿cómo frenar la inflación en el presente? Su punto de partida es el concepto de inflación inercial, que debe ser considerada para generar una política de estabilización de los precios que no implique ganadores ni perdedores en materia distributiva: empresarios y trabajadores. Se trata de eliminar ese componente inercial de los aumentos de precios para posibilitar una sustancial reducción de las tasas de inflación sin perjudicar a ningún sector.

El cuadro siguiente grafica la secuencia política para reducir la inflación inercial:

Fuente: Asiain, Inflación. Una costumbre argentina, pág. 75

Concluyendo, para Asiain, y a diferencia de la visión ortodoxa,  “la política de reducción de la inflación enunciada no requiere reducir la actividad económica, el empleo, el gasto público, ni una distribución regresiva del ingreso. Sí requiere lograr el mínimo consenso empresarial y sindical para aceptar un congelamiento temporal de precios, tarifas y tipo de cambio y realizar una paritaria en términos reales. También la capacidad de alinear tasas de interés y los alquileres a la nueva pauta inflacionaria”.

No hay por qué creerle a pies juntillas, hay que leerlo y debatirlo, con el interés puesto en que mejore la calidad de vida de toda la población argentina, particularmente de los sectores más rezagados.


[1] Inflación. Una costumbre argentina. Sus causas y cómo combatirla. Peña Lillo-Ediciones Continente, Buenos Aires, marzo de 2022.

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