Por Jorge Caimi
El pasado 27 de Julio nos dejó alguien a quien los mutualistas debemos recordar con la integridad de nuestra filosofía; me estoy refiriendo al amigo y compañero ALBERTO SANTOS SALOM.
Hablar de él en estos momentos de tristeza por su desaparición física me cuesta, dado que hemos vivido y compartido juntos muchas cosas a través de muchos años, primero en nuestro trabajo común en la Administración General de Puertos, y luego, en los esfuerzos aunados detrás de un ideal: la creación de lo que fuera en su momento la Asociación Mutual del Personal Activo y Jubilado de la A.G.P, hoy AMEPORT, que logramos que fuera reconocida como tal a partir del 2 de febrero de 1973.
Describir las ideas, los momentos vividos para plasmar esta entidad en la que hoy lloramos su temprano fallecimiento, no creo sea el motivo de estas líneas, sino más bien el de recordar toda su actividad. La misma abarcó tanto lo relacionado con lo gremial, por lo que llegó a ser Secretario de la Asociación del Personal de Dirección de los Ferrocariles Argentinos (APDFA), como tuvo la tarea de hacerse cargo de la conducción de la A.G.P., y más tarde de la mutual, primero como vicepresidente y luego y hasta su fallecimiento, como presidente. Y desde allí se proyectó en la creación de la Federación de Entidades Mutuales de Buenos Aires (FEDEMBA), en la de la OEMSUR, antecedente de la hoy Organización de Mutuales de América (ODEMA), en la cual era Director suplente. También tuvo una destacada actuación en la Confederación Nacional de Mutualidades (CONAM), donde ejerció la vicepresidencia, como así desde nuestra mutual apoyó a la Federación Argentina de Mutuales Ferroviarias, colaborando con la misma en el desarrollo de convenios, entre los que cabe destacar el que se concretó con el CGCyM.
Cabe expresar también que no solo su tarea dentro del mutualismo fue destacada, sino también que, siendo un emprendedor nato, encaró empresas privadas en las que fue acompañado por su familia con sus hijos, alcanzando en todo ello un gran desarrollo, dado su capacidad y dedicación constante a las tareas que encaraba.
Hoy siento hondamente su fallecimiento, pero estoy seguro de que desde donde esté, su sonrisa pícara, su diplomacia para tratar los temas más complicados, su búsqueda permanente de consenso, su amistad, su compromiso en el accionar común de todos los que lo acompañamos, nos ha de seguir iluminando para que honremos dicho legado. Por ello es que no lo olvidaremos y es por ello que hoy me repito.
HASTA SIEMPRE Y HASTA CADA MOMENTO, QUERIDO ALBERTO.






