En una frase usualmente citada, se atribuye a León Tolstoi sostener algo así como “pinta tu aldea y pintarás el mundo”; en el Día Internacional del Cooperativismo, instituido globalmente por las Naciones Unidas, me enfocaré en realizar un breve análisis de los que son, en mi opinión, los problemas mas significativos de nuestras empresas cooperativas. El propósito de este trabajo no es dictar cátedra o sentar doctrina sobre su solución, sino simplemente sacarlos de debajo de la alfombra y traerlos al debate público.
El cooperativismo en nuestro país está en expansión. Un panorama estadístico del cooperativismo en la actualidad, nos indica que el universo actual comprende alrededor de 9000 cooperativas activas[1], dentro de las cuales las más numerosas son las cooperativas de trabajo, las de mayor peso económico son las cooperativas de provisión de servicios públicos, las bancarias, las relacionadas con el agro y de consumo[2].
Cada una de ellas tiene sus propias problemáticas y situaciones. Por otra parte, las diferencias de volumen de operaciones, cantidad de asociados, antigüedad e impacto en la comunidad son decisivas y ningún análisis podría prescindir de ellas. Sin embargo, existen algunas cuestiones comunes que en mayor o en menor grado y de distinta manera, las afectan negativamente a todas.
A fin de dar un orden a la exposición, mencionaré la formación de los cooperativistas, el planeamiento, la organización de la producción, la relación entre aporte y retribución incluyendo el problema de la distribución de excedentes, causante de no pocos conflictos en nuestras entidades
De la relación entre prestación y retribución y de la distribución de excedentes
En este punto es necesario abordar también una cuestión que hace a la esencia del tratamiento y enfoque con que percibimos nuestras instituciones.
Desde lo jurídico se las define como instituciones “sin fin de lucro” en oposición a las “con fin de lucro”, incluidas en el derecho comercial.
Desde el punto de vista jurídico no hay nada que objetar, salvo que este punto de vista invade toda nuestra perspectiva sobre nuestras organizaciones. Así, es muy común que exponiendo en un ámbito del sector si mencionamos el concepto “ganancia” no faltará quien se sienta aludido y cuestione porque no se lo denomina “excedente”.
En este punto debemos profundizar un poco, fuera del temor que a algún ministro de economía trasnochado (o no tanto) la palabra ganancias le traiga a la mente, en asociación libre, la palabra impuestos (un verdadero horror); existe alguna diferencia conceptual.
Si cambiamos la palabra “ganancia” por su sinónimo “beneficio” quizás se entienda mejor.
A ver, desde siempre nos asociamos para obtener un beneficio. Podemos remontarnos a la primer cooperativa de la que ha quedado registro, “la Sociedad Equitativa” de los Pioneros de Rochdale, que tenía como propósito “brindar una alternativa accesible a las provisiones y alimentos de mala calidad y adulterados…”[3]. y esta decisión continúa en el tiempo hasta nuestros días en la conformación de colectivos con propósitos similares constituyendo cooperativas de consumo.
Evidentemente, quienes se asocian no lo hacen para perjudicarse, sino para obtener un beneficio (una ganancia) adquiriendo bienes con la calidad deseada a un precio menor. Pero, y aquí estaría el quid de esta cuestión; el beneficio buscado es para los asociados no para la entidad. Se supone que la entidad solo incrementaría el precio que paga por los bienes en los gastos derivados de la adquisición es decir que en principio no existiría para la entidad un “excedente” lo que ingresa por el cobro a sus asociados debería ser igual a lo que egresa por compras y gastos.
Pero supongamos que en lugar de distribuir el costo de la compra histórico y fijo mas lo gastos directamente efectuados con motivo de esa adquisición, para facilitar la administración o por una demora en el cálculo, o para incluir los gastos también necesarios pero indirectos….o por cualquier otro motivo, se decidiese incrementar el costo de compra en un porcentaje, ahí podría producirse un excedente es decir una suma sobrante a devolver a los asociados, ya que se les cobro en exceso o como en la “Sociedad Equitativa” para distribuir en obras de caridad. Es importante observar que este enfoque es diferente del concepto en que la diferencia entre los ingresos y egresos es considerada como una ganancia de la entidad, de la que esta se apropiaría.
De manera que, en esta perspectiva, puede afirmarse que cuando nuestras entidades proyectan y trabajan para obtener excedentes y los utilizan para capitalizarse, crecer y si es posible desarrollarse y para generar reservas, conceptualmente dejarían de constituir un sobrante o excedente, para tener el tratamiento de ganancias o beneficios.
La importancia de sacar este tema del closet (con las precauciones que correspondan, considerando la avidez de ciertos funcionarios públicos) consiste en poder tratarlo sin subterfugios, siendo como es, central para el desarrollo de nuestras entidades.
En otro plano, en nuestro afán de beneficiar a nuestros asociados deberíamos adquirir los bienes al menor precio posible, no obstante últimamente tendríamos como restricción el llamado “Comercio Justo” y dentro de este el “precio justo” [4].
Sin embargo, esta concepción solo tiene sentido en los casos extremos a saber, trabajo esclavo, trabajo de niños o casos similares. Ocurre que volviendo a los conceptos de “valor de uso”, “valor de cambio” y “valor de costo”, se trata de conceptos no de sumas determinadas.
El valor de cambio, oscila alrededor del precio de venta en el mercado, el valor de costo se basa en cálculos que pueden adoptar distintas metodologías (histórico, estimado, estándar, etc.) y que incluye una cantidad elevada de decisiones subjetivas del calculista y por lo tanto oscila según quien haga el cálculo; el valor de uso es claramente subjetivo. De manera que esta restricción solo debería ser tenida en cuenta cuando supera lo razonable. Es decir, no habría “un precio justo” habría un intervalo relativamente amplio y variable, dentro del cual se podría hablar de precio justo.
Considerando las mencionadas salvedades, podemos afirmar que nos asociamos para obtener un beneficio, puede ser un mejor precio de venta o de compra, un mayor y/o mejor impacto en la comunidad y el gobierno, etc. y ese beneficio en el porcentual que resuelva el colectivo, teniendo en cuenta lo explicado más arriba, debe ser distribuido entre los asociados solidariamente de acuerdo a los principios cooperativos.
¿Pero esto como se entiende? ¿Qué significa?, que todos deben recibir lo mismo? La vigencia del aforismo socialista que pide “de cada cual según su capacidad y a cada cual según sus necesidades”? o “a cada cual según su aporte”?[5]
No se trata de una pregunta académica, es un debate que se repite en la vida cotidiana de las cooperativas. Aparece por lo común ante el reclamo de un asociado o un grupo de asociados, motivado por su disconformidad en la retribución que recibe, y por lo común toma la forma de cuestionamiento a las diferencias respecto de lo percibido por el cuerpo directivo y/o profesional, o de lo percibido en relación con otros asociados.
En el extremo opuesto, es un hecho que existen cooperativas en la que uno o algunos de los asociados se conducen como dueños de la entidad, en estos casos las asambleas son solo actividades formales sin ninguna incidencia en la vida cotidiana.
En otras ocasiones aparece un comportamiento extremo insolidario y contrario a los valores cooperativos que lleva a nuestros compañeros a percibirse como “empleados a la hora de trabajar y patrones a la de cobrar”.
Estos dos comportamientos se han extendido a partir de la multiplicación de cooperativas, constituidas en busca de una ventaja de corto plazo y con poca o ninguna vocación cooperativa en los asociados[6].
Esta última observación, no se fundamenta en la búsqueda de supuesta pureza o en un pensamiento elitista admitiendo solo a ciertos elegidos; trata de la dificultad práctica de funcionar cooperativamente cuando no existe espíritu solidario y deseo de asociarse para construir en conjunto.
No hay una respuesta determinada a estos cuestionamientos, para quien las ha presenciado estas asambleas son verdaderas tribulaciones, obviamente debería existir un esfuerzo para la encarnación en nuestros asociados de la solidaridad y los valores cooperativos, pero debe admitirse que no será sencillo superar estas dificultades.
De la organización de la producción
La dificultad mencionada en el punto anterior, posiblemente debida a ciertos sesgos culturales propios de nuestro país, resulta habitual en nuestras organizaciones. Por esto no resulta extraño que usualmente nuestras empresas se hayan salteado las técnicas “duras”, pasando a trabajar en técnicas “blandas” como el modelo de las 7S, liderazgo, negociación y similares, sin haber previamente implementado estudios de tiempos y movimientos, investigación operativa, o siquiera técnicas presupuestarias razonables.
Esto es así también en nuestro sector, en el que, salvo algunos casos puntuales, difícilmente encontraremos cooperativas que hayan efectuado, por ejemplo, estudios de tiempos y movimientos, que lleven presupuestos construidos razonablemente, con cálculos de costos técnicamente correctos y con un control presupuestario también razonable; incluso la experiencia nos permite afirmar que existe cierto consenso acerca de que estas herramientas irían contra el espíritu cooperativo.
Si bien la legislación vigente exige a las entidades que efectúen un presupuesto anual, son muy pocas las que cumplen con este requisito más allá de lo exclusivamente formal.
Es de esperar que, en la medida que se incremente la formación profesional y técnica en el asociativismo, este sesgo pueda ser superado y nuestro sector pueda estar al frente en la utilización de herramientas “duras” en la administración. Esto per se llevará a una más seria y mejor utilización de las técnicas “blandas”.
Respecto de la formación de cooperativistas
Tradicionalmente la formación ahondaba en los aspectos asociativos de funcionamiento legal, contable e impositivo. En los últimos años se ha iniciado un cambio a partir de diferentes intentos, en algunos casos con participación del CGCyM en asociación con universidades de nuestro país, de estudios con mayor profundidad en el enfoque profesional y técnico. Específicamente, con el desarrollo del un instituto universitario generado por el sector cooperativista financiero[7], se han generado carreras profesionales con planes de estudio más equilibrados respecto de la formación del cooperativista, incorporando un punto de vista con mayor profundidad técnica y herramientas de gestión.
Sin embargo, aun hoy, los cursos y talleres más concurridos, son los que tratan los mencionados temas tradicionales.
Respecto del planeamiento, continua sin prestársele la atención adecuada, posiblemente por el malentendido de considerar que los constantes cambios de políticas públicas, unidos a los cambios recurrentes en el entorno y los elevados porcentajes de depreciación de nuestra moneda inutilizarían el planeamiento como herramienta, elevando, por el contrario, la repentización, la capacidad de modificar rápidamente los fundamentos empresarios al tope de las virtudes en la gestión.
Se olvida que la planeación no trata de adivinar lo que sucederá sino de inducir lo que deseamos -o nos es conveniente- que suceda, y que técnicas como el planteo de escenarios son apropiadas para la toma de decisiones en situaciones de incertidumbre. Si bien es cierto que debe evaluarse el costo-beneficio de la actividad formal de planear, en las entidades de cierta magnitud indudablemente será beneficioso plantear escenarios y tomar decisiones con suficiente estudio y tiempo.
Hace aproximadamente dos décadas se pusieron de moda en nuestro país herramientas como el Tablero de Comando y el Cuadro de Mando Integral; como se explicó más arriba, las exigencias de datos duros y de organización que requiere su implementación no están al alcance de nuestras entidades, salvo excepciones. Esto constituye una desventaja competitiva a la hora de crecer y exportar, pero en el mercado interno no es concluyente, ya que esta dificultad es compartida por la enorme mayoría de nuestras empresas.
Por otra parte, parecería que pese a las resistencias que se presentan, la formación profesional y técnica de los cuadros asociativos está progresando lentamente.
Conclusión
Es un dato de la realidad, que diversas circunstancias, entre las que es posible mencionar las dificultades para el empleo formal, la extensión territorial, la ineficiencia de algunas empresas para prestar un buen servicio en poblaciones reducidas, la cultura asociativa introducida por la inmigración y la cultura solidaria en las poblaciones aborígenes del noroeste entre otras, inciden para la expansión del sector cooperativo. Este crecimiento puede ser potenciado si se logran corregir las deficiencias mencionadas, o quizás puede ser abortado si no se las puede superar.
[1] INAES, según el último censo (actualización de datos a junio de 2019) se mencionan 8618 cooperativas activas
[2] Alianza Cooperativa Internacional, World Cooperative Monitor 2019, menciona entre las 300 principales cooperativas y mutuales el Banco Credicoop, Agricultores Federados Argentinos (AFA), Cooperativa Obrera y Grupo Sancor Seguros. Respecto de la provisión de Servicios Públicos, en las pequeñas ciudades y pueblos es usual que los servicios de electricidad, teléfono e internet sean brindados por una cooperativa local.
[3] Alianza Cooperativa Internacional, Nuestra historia,
[4] Si bien surge en la década de los ochenta en Europa, en nuestra región se difunde a partir de su inclusión en el 3° Foro Social Mundial celebrado en 2003 en San Pablo, en una mesa redonda y cinco talleres.
[5] Ver Karl Marx, “Critica del Programa de Gotha”
[6] Entre otras, algunas de las cooperativas de trabajo resolución 3026/06 o también otras que persiguen alguna ventaja fiscal, etc., ejemplifican esta problemática
[7] IDELCOOP, Instituto de Estudios Cooperativos UNLP, CGCyM, Lazos Cooperativos, Mundo Cooperativo, entre otros















