Toda familia tiene reglas y leyes que rigen el funcionamiento del sistema; estas pueden ser más o menos conscientes para los integrantes que la componen, pero lo cierto es que siempre están.
Si nos detenemos un minuto a considerar estos lazos a nivel sociocultural, encontramos tantas maneras de pensarnos como familia que casi podemos llegar a la conclusión de que no hay una sola forma de ser hijo, hermano, madre o padre.
Nacemos rodeados de otros que nos acompañarán por el resto de nuestra vida. Indistintamente de cuánto nos veamos o frecuentemos de adultos, las personas con las que nos criamos tienen un impacto directo en el desarrollo de nuestro mundo interno y, a su vez, nosotros lo tenemos en el de ellos.
Si lo vemos de manera objetiva, una familia se trata de un conjunto de personas que se ven implicadas en un sistema de convivencia de manera contingente y azarosa, bajo ciertas reglas y leyes de funcionamiento que se van tejiendo mientras los integrantes se relacionan.
Cualquier dinámica entre hijos o hermanos es posible, y todas las formas que vayan adquiriendo van a mutar a medida que crecen y maduran. Por otro lado, cada hijo puede desenvolverse de manera única y subjetiva con cada figura parental, y esto también cambiará con el paso del tiempo a medida que esos padres van ocupando distintos roles en el crecimiento de sus hijos.
La única certeza a la hora de pensar que “cada familia es un mundo” es que ese mundo cambia y se transforma: tiene sus propias leyes y funciona bajo sus propios mandatos. Todo conjunto de personas unidas a una historia o apellido comparte experiencias y símbolos que los hacen semejantes entre sí. Esto es lo que llamamos pertenencia al sistema.
Hace algunas décadas se comenzó a utilizar el concepto de “familia disfuncional” para hacer referencia a las familias de padres separados, aunque hoy sabemos que no está strictly asociado a la estructura familiar.
Una forma más precisa de pensar estos sistemas es analizar si el funcionamiento de la familia favorece o frena el desarrollo de sus miembros. ¿Qué hace que una familia funcione y cómo se mide esto?
En un sentido amplio, hablamos de una familia que puede velar por la integridad física, el cuidado y la salud de sus miembros. En un sentido subjetivo, se busca que el niño se sienta a salvo en su experiencia infantil, pueda expresar sus emociones y cuente con herramientas para desarrollar su autonomía de manera progresiva. Para esto es clave que los roles estén claros: no se trata de buscar una familia “ideal” o “perfecta” —ya que no existen—, sino que funcione a favor del bienestar de sus integrantes. Específicamente, los padres están al servicio de los niños, ya que son los adultos quienes deben criar y proteger a los menores.
Esta asimetría no es autoritaria ni rígida; tiene que ver con una protección hacia la infancia. Cuando pedimos a un menor que cumpla con un rol para el que no está listo —porque su desarrollo biológico y madurativo aún no puede procesar esa información—, lo estamos exponiendo y sometiendo a exigencias de las que no sabrá cuidarse.
Hablamos de parentificación cuando nos encontramos ante un niño cuidador, a cargo de funciones que no le corresponden, estando pendiente de un padre o madre a quien percibe como vulnerable. En estos escenarios aparecen niños sobreadaptados que terminan asumiendo responsabilidades adultas por una inversión de roles. Un sistema se vuelve desorganizado y disfuncional cuando un hijo (sea niño o adolescente) hace de padre.
Un sistema familiar es principalmente un sistema jerárquico. Por esto, los primeros que deben disponerse a sentarse en su propia silla son las figuras parentales.
Resulta fundamental invitar a los adultos que son cabeza de familia a buscar asistencia profesional cuando la dinámica se desordena: pedir ayuda a tiempo es el primer paso para volver a cuidar el lugar de cada uno en el hogar.
















