Existe una estrecha relación entre el trabajo, la educación y la asociación de los trabajadores, aunque la misma no es puesta de manifiesto con la frecuencia que merece el asunto, ya que cada uno de esos factores son generalmente tratados separadamente, perdiéndose, de tal manera, una relación básica para el desarrollo de las personas.
Sin embargo, podemos encontrar algunos ensayistas que en sus trabajos vinculan trabajo, educación y asociacionismo con gran fuerza argumental, y lo presentan en distintas etapas históricas a medida que cambian los sistemas productivos.
En su “Historia del trabajo” François Barret describe el surgimiento de las corporaciones o colegios organizados por los trabajadores de un mismo gremio “desde los comienzos de la historia de la humanidad”, la que se mantiene estructurada de igual manera durante unos veinte siglos. Esas corporaciones estaban integradas por el maestro artesano, los trabajadores conocedores del oficio, que eran los oficiales, y los aprendices. Todos ellos vivían armónicamente respetando las respectivas categorías procurando y produciendo de acuerdo a las reglas de cada arte. En las corporaciones se aprendía a trabajar y cada trabajo requería la aplicación de conocimientos teóricos que impartían los maestros.
Las corporaciones de artesanos tenían un patrimonio monetario común administrado por el maestro y engrosado por pequeños aportes de todos los miembros, que se destinada a la ayuda de los trabajadores que enfermaban o de las viudas e hijos de los que fallecían y para hacer ofrendas al santo patrono del oficio.
Las corporaciones tendían a ser verdaderos monopolios regionales y con la ayuda del señor feudal o del rey procuraban mantener alejados de su jurisdicción a posibles competidores procedentes de otras regiones. Esta modalidad monopólica era posible porque generalmente se producía a pedido de los consumidores y no se generaban excedentes. Todo cambió cuando comenzó a desarrollarse el comercio a grandes distancias favorecido por el adelanto de los medios de transporte terrestre y de navegación, la disminución de las guerras locales entre príncipes y el establecimiento de grandes ferias a las que concurrían productores, comerciantes y prestamistas procedentes de lejanos países.
El trabajo de los talleres artesanales se realizaba con máquinas simples y fue recién a partir del maquinismo del siglo XVIII cuando comienzan a desarrollarse verdaderos ingenios mecánicos que transformaron la forma de producir en los talleres y en el campo produciendo un fuerte impacto transformador en las relaciones existentes en las tradicionales corporaciones, ya que muchos maestros se transformaron en empresarios y los oficiales y aprendices en obreros. Se rompe las viejas corporaciones y surgen las asociaciones de socorros mutuos y los sindicatos organizados por los obreros, una nueva clase social que se organizará políticamente.
La educación que se podía alcanzar en la vieja corporación habrá que buscarla en escuelas gremiales, conventuales o públicas.
Una propuesta progresista para la educación
El muy polémico Noam Chomsky, en su libro “La (des)Educación”, desarrolla en el capítulo 2 la vinculación existente entre democracia y educación y lo hace siguiendo el pensamiento de John Dewey, al que reconoce como uno de los autores que más influencia ejerció sobre él.
Según Chomsky, el pedagogo parece haber considerado que una forma de los primeros niveles de la educación podía provocar cambios sociales significativos como, por ejemplo, abrirle caminos a una sociedad más justa y libre en la cual el objetivo último de la producción no sea la producción de bienes, sino la producción de seres humanos asociados entre sí en términos de igualdad.
También Chomsky trabaja sobre las ideas de otro filósofo que marcó época; Bertrand Russel, para quién el objetivo de la educación es lograr que se perciba el valor de la realidad ajena a la dominación, con miras a crear ciudadanos sabios de una comunidad libre que estimulen una combinación de ciudadanía, libertad y creatividad individual. Para lograrlo, el pensador galés proponía que se mirara al niño del mismo modo que un jardinero contempla un árbol recién plantado; esto es, pensando en la naturaleza de la planta y sus potencialidades, a la que deberá darle buen suelo, humedad, luz y aire adecuados.
Russel elaboró una “concepción humanística” de la educación que se la encuentra en los pensadores de la Ilustración del siglo XVIII y que había quedado en el olvido.
Educación mutualista
La educación tiene como objetivo formar a las nuevas personas dentro de los cánones vigentes en cada sociedad y en el caso específico del movimiento mutualista como también en el movimiento cooperativo, su función es la de formar mutualistas y cooperativistas. Si esa tarea se emprende con los niños, es posible que los conceptos humanistas de ambos sistemas aniden en ellos y estén presentes cuando, adultos, tienen que desenvolverse en la sociedad política.
Por eso resulta valioso el trabajo que se realiza para establecer la educación cooperativista y mutualista en las escuelas de nivel primario y la organización de mutuales y cooperativas escolares.
Cuando los adultos organizan algunas de estas entidades tienen que aprender, no solamente a gestionarlas, sino a tomar decisiones encuadradas en los respectivos principios doctrinarios valorando al asociado como persona merecedora de respeto y atención solidaria, una tarea difícil pero necesaria.
La educación según Dewey, Russell y Comsky
Dice Chomsky que: Ambos autores [Dewey y Russell] compartían también la convicción de que estas ideas rectoras, heredadas de la Ilustración y del liberalismo clásico, tenían fuerza revolucionaria, y así lo recalcaron en sus escritos (de la primera mitad de este siglo [siglo XX. Si se llevaran a la práctica, estas ideas podrían crear seres humanos libres, cuyos valores no serían ya el acaparamiento y la dominación, sino la asociación libre en términos de igualdad, de distribución equitativa, de cooperación, de participación igualitaria en la realización de unos objetivos comunes, que se han determinado democráticamente. Los dos sentían simple desprecio por lo que Adam Smith había llamado la “máxima abyecta de los señores de la humanidad: todo para nosotros, y nada para los demás”; sin embargo, hoy se nos enseña a sentir admiración y devoción por este principio rector; ya que los valores tradicionales se han debilitado por culpa de un ataque incesante e implacable, liderado, en las décadas más recientes, por los denominados “conservadores”.
Noam Chomsky: “La (des)educación”, Paidós, 2016, Buenos Aires, pág. 47.
Ilustración: Matías Roffe















