No existe una escuela que enseñe a vivir

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Ana Victoria Zarate
Ana Victoria Zarate
Lic. y Profesora en Psicología (USAL) Actualmente se desarrolla en el ámbito educativo dentro de la inclusión escolar. Trabaja como terapeuta desde una mirada sistémica con orientación integral.

En el mundo de las crianzas se confunde lo posible con lo perfecto, lo esperable con lo ideal. Que algunos sucesos sean preferibles en determinado momento del desarrollo de un niño, no quiere decir que haya que estar estrictamente cumpliendo con una serie de mandatos y requisitos, fórmulas de crianza que son funcionales e imperantes a un recorte de época.

El Dr. Donald Winnicott (pediatra y psicoanalista) en el año 1953 comienza a incentivar a las madres a abandonar la búsqueda de perfección, para poder buscar dentro de sus formas de crianza y nutrición un modelo vincular con el bebé que sea amoroso, donde lo que prima no es lo que “todas las mamás deben hacer” sino lo que esa mamá sabe que ese niño necesita. 

Esta forma subjetiva y única de armar el campo vincular madre-hijo, es la base de lo que más adelante será fundamental para que el niño se sienta seguro y pueda explorar el mundo, creciendo y desarrollándose bajo un apego que le aporta confianza y sostén. 

Cuando caemos en las ideas totalitarias de crianza, en donde todos los bebés deben pasar por lo mismo y las madres quedan cargadas por exigencias y demandas que las hacen sentir imperfectas, lo único que se logra es una tendencia a mayor desconexión para con su hijo.

Lo que experimenta una mujer cuando siente que no puede darle a su hijo lo que se supone que tendría que darle, cuando no se siente idealmente perfecta, se comienza a desconectar de la experiencia de apego y el niño queda solo en su necesidad de contacto y cuidado. Es decir, que por querer “darle lo mejor” termina negando lo necesario, lo justo y lo suficiente. 

Entonces aparece la fantasía de que otras madres seguramente hacen mejor que ella, esta es la base del apego inseguro que se debe evitar, ya que la única madre que puede ser suficientemente buena para ese niño, es la que existe. Por eso decimos que madre hay una sola. 

El reconocido psicoanalista infantil, trae un concepto que en esa época resulta revolucionario y disruptivo, plantea que no es necesario ser “perfecta” sino “suficientemente buena”. ¿Qué quiere decir eso? Habla de dar lo que hace falta, de mirar al bebé y darle lo que necesita, sin necesidad de que sea lo mejor. 

En ocasiones se filtran las formas de exitismo y búsqueda de perfección, y cuando hablamos de conexión primaria (el apego que se va formando entre una madre y un bebé los primeros años de vida) lo único que hace falta es ser suficiente. Responder a la demanda del niño cuando esta aparece y suplir las necesidades básicas. Esto es nutrición, contacto, afecto, cuidado. 

Winnicott explicaba que la madre “suficientemente buena” empieza con una adaptación casi total a las necesidades del bebé (preocupación materna primaria) y luego falla gradualmente de forma adaptada, lo que le permite al niño tolerar la frustración y descubrir el mundo. Es decir, que la “imperfección” es necesaria para el desarrollo, ya que si el niño encuentra en la madre constantemente todas sus necesidades, el mundo no va a ser un lugar posible en el que pueda encontrar lo que necesita y las experiencias de exploración con una postura de curiosidad no van a llamarle la atención.

A medida que el desarrollo transcurre, las experiencias del niño empiezan a tener que ver con la exploración y es donde el niño empieza a deambular, y a estar de a poco cada vez más lejos de la madre. Ya no está todo el tiempo en sus brazos, hay un desplazamiento y comienzan a aparecer los objetos del mundo como extensión y transición del vínculo primario. 

Es importante que gradualmente algo comience a faltarle a la madre, para que pueda salir a buscarlo. Esto más adelante se complejiza en la introducción al complejo de Edipo que plantea Sigmund Freud.  

Si las necesidades del bebé fueron satisfechas la mayoría de las veces de manera favorable, vamos a encontrar un apego seguro entre madre-hijo, que le permite al niño ir alejándose progresivamente de ella, tolerando su ausencia de manera progresiva. 

Donald Winnicott nos enseña que el vínculo temprano es la célula sobre la que se edifica la salud emocional, y que esta no requiere perfección: solo necesita ser humana, suficiente y estar disponible.

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