Robert Prevost es el nuevo Papa, y adoptó el nombre de León XIV. Inmediatamente, comenzó la búsqueda de datos sobre este hombre, a quien Francisco designó en 2023 prefecto del Dicasterio para los Obispos, un rol que lo convirtió en su principal asesor en la designación de obispos en todo el mundo.
Nacido en Estados Unidos en 1955, viajó a Perú en 1985, país en el que estuvo ejerciendo su labor misionera durante 25 años y donde se nacionalizó peruano. En 2014 el Papa Francisco lo había designado Obispo titular de Sufar y administrador apostólico de la diócesis de Chiclayo, Perú, y en 2015 se convirtió en obispo de esta localidad, donde continuó su labor pastoral y administrativa hasta 2023.
La elección del nombre responde a una costumbre ancestral en la Iglesia Católica, que se remonta al año 955, cuando quien fue designado Papa se llamó Juan XII. El nuevo nombre papal suele estar inspirado en figuras históricas o religiosas, y cada nombre transmite una intención, una hoja de ruta espiritual y pastoral. No es casualidad ni una formalidad vacía.
Así como Jorge Bergoglio eligió llamarse Francisco por San Francisco de Asís, en un claro mensaje sobre pobreza, paz y ecología, Robert Prevost se referencia en León XIII, quien en 1891 produjo la Carta Encíclica Rerum Novarum (Acerca de las nuevas cosas), que sentó las bases de la Doctrina social de la Iglesia. La elección de este nombre, entonces, reflejaría la intención del nuevo papa de continuar el trabajo iniciado por su antecesor en defensa de los derechos de los trabajadores y de una economía más justa y equitativa.
El subtítulo de esta encíclica es Sobre la condición de los obreros, que no deja lugar a dudas sobre la intención de León XIII: poner en consideración el cambio en las relaciones entre patrones y obreros y la acumulación de la riqueza en pocas manos. Su doctrina se presentó como una alternativa a las ideas socialistas de la época, y si bien no cuestionaba los fundamentos del capitalismo mostraba su preocupación por los abusos que se cometían en este sistema, y postulaba su moderación o eliminación.
Enaltece enfáticamente el derecho a la propiedad privada de bienes, a la que considera como un hecho natural, para luego señalar que el hombre no ha de tener los bienes externos como propios, sino como comunes, de suerte que fácilmente los comunique con los demás cuando lo necesitaren. Y así dice el Apóstol: “Manda a los ricos de este mundo que con facilidad den y comuniquen lo suyo propio”.
Un párrafo interesante es el que refiere a la prosperidad nacional: “Ante todo, los gobernantes vienen obligados a cooperar en forma general con todo el conjunto de sus leyes e instituciones políticas, ordenando y administrando el Estado de modo que se promueva tanto la prosperidad privada como la pública”. León XIII asignaba al Estado un rol fundamental para la convivencia en la sociedad, y señala: “No es justo… que el ciudadano o la familia sean absorbidos por el Estado; antes bien, es de justicia que a uno y a otra se les deje tanta independencia para obrar como posible sea, quedando a salvo el bien común y los derechos de los demás. Sin embargo, los gobernantes han de defender la sociedad y sus distintas clases. La sociedad, porque la tutela de ésta fue conferida por la naturaleza a los gobernantes, de tal suerte que el bienestar público no sólo es la ley suprema sino la única y total causa y razón de la autoridad pública; y luego también las clases, porque tanto la filosofía como el Evangelio coinciden en enseñar que la gobernación ha sido instituida, por su propia naturaleza, no para beneficio de los gobernantes, sino más bien para el de los gobernados”.
León XIV, fidem habemus, tenemos fe.






