En los márgenes del sistema sanitario, lejos del quirófano y de la indicación médica, se ha ido gestando un fenómeno inquietante: el uso recreativo de fármacos diseñados para salvar vidas o aliviar el dolor extremo. Entre ellos, el propofol y el fentanilo ocupan un lugar singular. No se trata de drogas tradicionales de circuito clandestino, sino de sustancias profundamente ligadas a la práctica médica, lo que les otorga un aura de legitimidad y, paradójicamente, una peligrosa percepción de seguridad.
Desde el punto de vista psicológico, el atractivo de estas sustancias responde a mecanismos distintos. El propofol, conocido por inducir un sueño rápido y profundo, puede generar una experiencia subjetiva de “desconexión total”, una suspensión de la conciencia que algunos usuarios describen como un descanso absoluto de la mente. En una época caracterizada por la sobrecarga cognitiva, la hiperconectividad y la ansiedad persistente, esta promesa de apagado inmediato resulta seductora. No se busca tanto el placer eufórico como la ausencia de malestar. El fentanilo, en cambio, pertenece al grupo de los opioides y actúa sobre los circuitos cerebrales del dolor y la recompensa. Su potencia —decenas de veces superior a la morfina—, lo convierte en un agente extremadamente riesgoso, pero también altamente reforzante desde el punto de vista neurobiológico. La euforia, la analgesia y la sensación de bienestar pueden ser intensas, aunque efímeras, favoreciendo patrones de uso compulsivo. En ambos casos, la vulnerabilidad individual juega un rol central.
Profesionales de la salud, especialmente anestesiólogos, enfermeros o personal de quirófano, presentan un acceso privilegiado a estas sustancias, lo que los convierte en un grupo de riesgo particular. A ello se suma el estrés laboral, la exposición cotidiana al sufrimiento y, en ocasiones, una cultura de silenciamiento que dificulta la búsqueda de ayuda. Pero el fenómeno trasciende lo individual y se inscribe en una lógica social más amplia. Vivimos en sociedades que tienden a medicalizar el malestar: el dolor, la angustia, el insomnio o la ansiedad son rápidamente interpretados como problemas a resolver mediante intervenciones farmacológicas. En este contexto, no resulta sorprendente que sustancias médicas de alta potencia sean resignificadas como herramientas de evasión.
El caso del fentanilo es especialmente ilustrativo en términos sociológicos. En países como Estados Unidos, su expansión ha dado lugar a una verdadera crisis sanitaria, con miles de muertes por sobredosis. La circulación de análogos sintéticos en mercados ilegales ha desdibujado las fronteras entre uso médico y consumo recreativo, generando una epidemia que combina factores económicos, sociales y culturales. La precarización, la exclusión y la falta de acceso a tratamientos adecuados son parte del caldo de cultivo.
A diferencia de otras drogas, el propofol no genera dependencia física en el sentido clásico, pero sí puede inducir una búsqueda reiterada de la experiencia de desconexión, lo que plantea interrogantes sobre nuevas formas de adicción centradas en la evitación del malestar psíquico. A diferencia de las drogas callejeras, estos fármacos son vistos como “limpios”, “dosificables” y “conocidos”. Esta ilusión de control puede disminuir la percepción de riesgo, aunque en realidad se trata de sustancias con un margen terapéutico estrecho. En el caso del fentanilo, pequeñas variaciones en la dosis pueden ser letales. En el propofol, la depresión respiratoria es un riesgo constante fuera de un entorno monitorizado.
La dimensión simbólica también es relevante. El acceso a estos fármacos puede asociarse con cierto capital cultural o profesional. No es lo mismo consumir una sustancia obtenida en la calle que una ampolla proveniente de un hospital. Esta diferencia puede reforzar la negación del problema y dificultar su reconocimiento como conducta adictiva. En definitiva, el uso recreativo de estos fármacos no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de tensiones más amplias entre medicina, sociedad y subjetividad. Allí donde la ciencia ofrece herramientas poderosas para aliviar el dolor, también se abre la posibilidad de usos desviados que interpelan no solo al sistema de salud, sino al modo en que concebimos el bienestar y el sufrimiento en el mundo contemporáneo.















