En la reunión del mes de junio de este año de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico, la temática fue: Las caídas como proceso, a cargo del Dr. Juan Carlos Gallo.
En su disertación, el citado profesional trasmitió cifras impactantes: según el registro de la OMS, fallecen anualmente 684.000 persona por caídas. Esa cifra representa el 5% de las complicaciones. Entre el 20 y el 25%, pierden su independencia funcional y otro 5 a 10% requiere institucionalización definitiva. En EEUU, la muerte por caída en mayores de 65 años cuadriplica a las muertes por accidentes de tránsito. El 62% de las caídas graves ocurren dentro del hogar. Estos datos motivaron la nota que hoy les presento.
Cuando una persona mayor se cae, la explicación suele buscarse en el momento exacto del accidente: un piso mojado, una alfombra mal colocada, un escalón inesperado o una distracción. Sin embargo, los especialistas coinciden en que la mayoría de los casos tienen una historia mucho más larga.
El proceso comienza alrededor de los 40 años, de modo silencioso y progresivo, con la pérdida de masa y fuerza muscular. Aunque inicialmente es lento, el proceso se acelera con el envejecimiento. Los especialistas denominan “sarcopenia” a esta reducción progresiva de músculo y fuerza. Sus efectos pasan inadvertidos durante mucho tiempo. La persona continúa con su vida habitual y se adapta inconscientemente a las limitaciones que aparecen. Deja de subir escaleras tan rápido como antes, evita cargar objetos pesados o necesita apoyarse para levantarse de una silla. Lo que parece una simple consecuencia del paso del tiempo es, en realidad, una disminución de la reserva funcional del organismo. Cuando la fuerza muscular disminuye, también disminuye la capacidad para corregir rápidamente una pérdida de estabilidad. El mismo tropiezo que a los 40 años se resuelve con un paso rápido de recuperación puede terminar en una caída a los 75.
La pérdida muscular no es el único factor involucrado. Las alteraciones visuales dificultan detectar obstáculos. Los problemas auditivos afectan la orientación espacial. Algunas enfermedades neurológicas reducen los reflejos. La diabetes puede disminuir la sensibilidad de los pies. La artrosis altera la movilidad y el dolor limita la actividad física. A esto se suma el uso de múltiples medicamentos. Algunos fármacos pueden provocar mareos, somnolencia, disminución de la presión arterial o alteraciones del equilibrio. Cuando varios de estos factores coinciden, el riesgo aumenta de manera significativa. Pero el impacto de una caída no se limita al daño físico.
Muchas personas desarrollan un intenso miedo a volver a caerse. Como consecuencia, reducen sus actividades, salen menos de sus hogares y realizan menos ejercicio. Paradójicamente, esta disminución de movimiento acelera la pérdida muscular y aumenta todavía más el riesgo de nuevas caídas. La prevención comienza mucho antes de la primera vez. La herramienta más eficaz es la actividad física regular. Caminar es beneficioso, pero no alcanza por sí solo. Deben sumarse ejercicios de fuerza, equilibrio, coordinación y flexibilidad. Levantarse repetidamente de una silla, realizar sentadillas adaptadas, practicar equilibrio sobre una pierna con apoyo y subir escaleras son ejemplos sencillos que pueden incorporarse a la rutina diaria. Los programas más efectivos, para reducir las caídas, además de los ejercicios, comprenden modificaciones simples en la vivienda. Las recomendaciones incluyen: retirar alfombras sueltas, mantener despejados los lugares de circulación, instalar barras de apoyo en baños y duchas, utilizar superficies antideslizantes, mejorar la iluminación de pasillos y escaleras, colocar interruptores accesibles, evitar cables atravesando zonas de paso, y utilizar calzado cerrado y con buena adherencia.
Aunque nadie puede prepararse para cada situación, existen algunas recomendaciones para reducir las lesiones cuando la caída ya no puede evitarse. Los expertos aconsejan no intentar detener bruscamente el impacto con los brazos extendidos, ya que esta reacción suele favorecer fracturas de muñeca y hombro. Conviene intentar flexionar ligeramente las rodillas y girar el cuerpo para distribuir el golpe sobre superficies musculares más amplias. La cabeza debe protegerse siempre que sea posible llevando el mentón hacia el pecho y evitando impactos directos. Si se cayó, es importante aprender a levantarse, especialmente si la persona está sola. Primero, girar lentamente hacia un costado. Luego colocarse boca abajo y pasar a una posición de cuatro apoyos. Desde allí, desplazarse lentamente hasta un mueble firme, como una silla pesada o un sillón estable. Utilizando brazos y piernas, e incorporarse lentamente. Realizar ejercicios, regular la medicación sedente/hipnótica, estar atentos en el hogar, procurar desplazarse teniendo siempre algún elemento de apoyo cercano y eliminar las barreras físicas, son recomendaciones para los septuagenarios.
En los más jóvenes, realizar ejercicios metódicamente, permite evitar los efectos de la reducción natural de la masa muscular. Muchas caídas y sus complicaciones posteriores, pueden evitarse.













