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La vida por WhatsApp: cómo la hiperconectividad impacta en la salud física y mental

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Dr. Mario F. Bruno
Dr. Mario F. Bruno
Presidente de la Sociedad Argentina de Periodismo Médico; Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Cancerología; Presidente del Comité de Cuidados Paliativo de AMA (Asociación Médica Argentina); Presidente del Comité AntiTabaco de AMA Vicepresidente de UATA (Unión Antitabáquica Argentina); Director de los cursos anuales de 1) Periodismo Médico 2) Cancerología, 3) Cuidados Paliativos (AMA); Miembro Emérito de ASCO (American Society Clinical Oncology); Miembro Titular de ESMO (European Society Clinical Oncology); Director Médico de Medicron S.A. (Centro Oncológico)

La centralidad de WhatsApp (y de la mensajería instantánea en general) en la vida cotidiana ha transformado profundamente la manera en que nos vinculamos, tomamos decisiones y procesamos emociones. Su impacto sobre la salud psíquica y física es complejo: combina beneficios claros con riesgos cada vez más evidentes. Todo tipo de comunicación personal, al día de hoy, transcurre en gran medida a través de WhatsApp. Por esta vía se inician relaciones amorosas, se anuncian separaciones, se consultan síntomas médicos, se organizan trabajos, se envían saludos afectuosos y hasta se comunican fallecimientos. La mensajería instantánea se ha convertido en un escenario central de la experiencia humana contemporánea. Este fenómeno tiene ventajas indiscutibles: acerca a personas distantes, agiliza la comunicación y permite sostener vínculos en contextos complejos. Sin embargo, su uso masivo y permanente también plantea interrogantes relevantes sobre sus efectos en la salud psíquica y física de la población.

Desde el punto de vista de la salud mental, la hiperconectividad genera una sensación constante de urgencia. La disponibilidad permanente produce la percepción de “estar siempre en deuda” con los demás. Mensajes que llegan a toda hora, grupos múltiples y notificaciones constantes producen ansiedad anticipatoria, dificultad para desconectar y una sobrecarga cognitiva que afecta la concentración y el descanso. El cerebro humano no está preparado para procesar estímulos y demandas emocionales de manera ininterrumpida. Además, muchos intercambios emocionalmente significativos ocurren hoy sin presencia corporal. Una ruptura amorosa, una mala noticia médica o un mensaje de duelo, pierden matices cuando se reducen a texto. La ausencia de tono, gestos y silencios favorece malentendidos y empobrece la elaboración emocional y favorece evitaciones (mensajes en lugar de conversaciones difíciles). Esto puede aumentar sentimientos de soledad aun estando “conectados”. Consultas médicas por WhatsApp, discusiones de pareja o conflictos laborales sin un encuadre adecuado pueden aumentar la incertidumbre, favorecer interpretaciones catastrofistas y disminuir la contención emocional real. La palabra escrita, sin contexto, suele amplificar la ansiedad.

Otro aspecto relevante es la dependencia psicológica que puede generar el uso compulsivo de la aplicación. El tiempo de respuesta, la doble tilde o el “en línea” funcionan como reguladores del estado de ánimo. Esto incrementa la necesidad de validación externa y disminuye la tolerancia a la espera y a la frustración. En el plano físico, el impacto tampoco es menor. El uso prolongado del celular se asocia a trastornos del sueño, cefaleas, fatiga visual y dolores cervicales. Dormir con el teléfono encendido y revisar mensajes durante la noche altera los ritmos biológicos y afecta la calidad del descanso. El estrés sostenido también tiene consecuencias orgánicas. La activación permanente del sistema de alerta aumenta el cortisol, eleva la presión arterial y puede agravar enfermedades crónicas.

La salud mental y la salud física, lejos de ser compartimentos separados, están profundamente interconectadas. En el ámbito sanitario, WhatsApp ha facilitado el acceso a profesionales, pero no reemplaza la consulta médica. La virtualidad sin límites puede generar diagnósticos incompletos, automedicación y mayor ansiedad en los pacientes.

La tecnología debe ser una herramienta complementaria, no el núcleo del cuidado de la salud. Frente a este escenario, resulta imprescindible aprender a poner límites. Desconectarse también es una forma de autocuidado. Priorizar el encuentro cara a cara, el diálogo profundo y el silencio es hoy un acto de salud. En una sociedad hiperconectada, el verdadero desafío no es comunicarse más, sino comunicarse mejor. WhatsApp no es el problema en sí. El problema aparece cuando la vida emocional, los conflictos, el dolor y el cuidado de la salud quedan reducidos a una pantalla. La tecnología conecta, pero no sustituye la presencia, el cuerpo, ni la escucha profunda.

En una época de mensajes instantáneos, cuidar la salud mental y física implica también aprender a no estar siempre disponibles.

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