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El Estado que queremos, el individuo que creemos ser

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Santiago Arella
Santiago Arella
Sociólogo especializado en comunicación, marketing y publicidad. Responsable de vinculación de Mundo Mutual, Economía Solidaria y de Interconexión CTL

En medio del debate sobre el rol del Estado, vale mirar un poco más hondo: ¿cómo creemos que somos como personas? Porque de eso depende también la sociedad que construimos.

Para los libertarios (fenómeno de la política argentina nacido en las postrimerías del primer kirchnerismo, asentado durante el macrismo y robustecido durante el retorno de aquellos al poder), la principal batalla contra la decadencia nacional transcurre específicamente —o debería darse— en el campo cultural. Por eso, Milei, al explicar su armado político-electoral, siempre traza una única línea divisoria que separa —y enfrenta— a quienes abrazan las ideas de la libertad de aquellos actores movidos por los hilos del estatismo, el populismo, el colectivismo y otros libretos afines.

Agustín Laje, a su vez, suele argumentar que países con excelentes performances económicas y extensos ciclos progresistas en términos de movilidad social pueden caer en profundas crisis políticas, sociales e institucionales a causa del deterioro de la hegemonía liberal/capitalista en el plano cultural e ideológico. Desde su perspectiva —que supone que únicamente es posible la prosperidad en el sistema capitalista— señala que, por sí sola, la dicha material no es suficiente para garantizar la solidez del lazo social y neutralizar la aparición de tensiones extremas. El pleno capitalismo como entramado específico de relaciones de producción e intercambio no puede existir sin libertad individual y, por ende, sin el Estado que la custodie.

Quizás todos estemos de acuerdo en que el advenimiento libertario significa mucho más que un episodio de la ya consolidada alternancia democrática argentina. Más que un fenómeno electoral, estamos viviendo algo extremadamente más profundo. ¿Y qué más profundo que la cultura? La cultura es la piedra angular del ente inmaterial Sociedad1 (Durkheim, Weber, Parsons, inclusive Marx en El 18 Brumario, por sólo citar a los sociólogos más conocidos). Por eso, el fenómeno libertario resulta tan disruptivo, tan conmovedor: porque su ideología (discurso + práctica) nos movió el piso, hizo tambalear nuestros fundamentos.

Este escenario constituye una oportunidad única para aquellos humanos del presente que tienen la suerte de ser argentinos. Porque, además de incitarnos (estimularnos) a pensar cómo queremos que sea nuestra sociedad (Argentina), la batalla cultural —radicalmente democratizada gracias a las redes sociales— nos permite incidir en su construcción colectiva.

En tal sentido, eliminando toda la riqueza cromática del diapasón en el que la discusión política vibra, me resulta interesante poner sobre la mesa estas dos visiones antagónicas sobre el deber ser del Estado, sus funciones y competencias.

Por un lado, la posición libertaria propone un Estado mínimo, anclado en el ejercicio de dos funciones (o servicios) básicos: seguridad (del individuo y su propiedad) y justicia (máquina procesal objetiva de resolución de conflictos). Esta visión supone fuertes límites a la intervención del Estado en la vida social e individual.

En la otra punta, el Estado es concebido como el protagonista principal de la película. Omnipresente, debe incidir —mediante un cuerpo hipertrofiado de normas— en los aspectos más triviales del ritmo social, limitando la libertad de ser, hacer y convivir de los individuos.

Reduciendo el nivel de análisis a un estado sumamente primitivo e infantil, voy a aproximar la siguiente carta de preguntas a ambos comensales: ¿cuáles son los fundamentos de estas visiones? ¿Qué supone usted sobre el individuo y la naturaleza humana? El hombre, ¿es bueno o malo? ¿Es estúpido o es naturalmente apto? ¿Es egoísta o tiende inexorablemente a desarrollar vínculos solidarios?

Me imagino las siguientes respuestas. Los estatistas (colectivistas, populistas, etc.) responden con una concepción negativa del individuo: si no se lo controla normativizando su existencia y moldeando su deseo, la vida social resulta imposible, caótica, injusta, dolorosa, insegura, conflictiva.
Para los libertarios, en cambio, no existe una naturaleza individual cuyo despliegue espontáneo necesariamente devenga en guerra civil, imposibilitando la comunidad. Obviamente —plantean— existen individuos que, flojos de papeles morales, tienden a la conflictividad y, por ellos, las personas inventaron el poder del Estado en materia de seguridad y justicia: herramientas que garantizan la convivencia social, ordenando —a través de procedimientos imparciales— la resolución de conflictos y penalizando a los transgresores de los tres pilares fundamentales: vida, libertad y propiedad.

Hoy el sistema político argentino se mueve al ritmo de la discusión sobre el tipo de Estado que queremos —o nos merecemos—. Aquellos actores de la política que no la ven son compositores de obras sin reflejo, sin audiencia, atornillados a un pedazo de madera enmohecida que ya no forma parte del barco de la historia futura, y que muere, parsimoniosamente, hundiéndose en el fondo del océano.

  1. Que, si bien no existe, sin ella no somos. ↩︎

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